MENSAJE DE MONSEÑOR RUBEN FRASSIA EN EL MARCO DEL ENCUENTRO “UN MINUTO POR LA PAZ”

Publicado: Lunes, 11 Junio 2018

UN MINUTO POR LA PAZ

Nos hemos reunido hoy, conmemoración del Encuentro que el santo Padre Francisco tuvo el 8 de junio de 2014, con los representantes de Israel y Palestina, en el Vaticano. La paz entre todos los pueblos y naciones es posible. Las diferencias, las dificultades, las desconfianzas, los egoísmos no son obstáculos para caminar juntos, con nuestras propias identidades y creencias, podemos resolver o matizar los puntos de conflicto, si hay una búsqueda sincera de la verdad. Desde esta perspectiva, queridos amigos, vemos la posibilidad de una unidad que no depende de la uniformidad. Aunque las diferencias que analizamos en el diálogo interreligioso a veces pueden parecer barreras, no deben oscurecer el sentido común de temor reverencial y de respeto por lo universal, por lo absoluto y por la verdad, que impulsa a las personas religiosas ante todo a entablar relaciones unas con otras. En efecto, es común la convicción de que estas realidades trascendentes tienen su fuente —y llevan sus huellas— en el Omnipotente, que los creyentes ponen ante los demás, ante nuestras organizaciones, nuestra sociedad y nuestro mundo. De este modo, no sólo enriquecemos la cultura, sino también la modelamos: las vidas de fidelidad religiosa reflejan la irruptora presencia de Dios y así forman una cultura no definida por límites del tiempo o de lugar, sino fundamentalmente plasmada por los principios y las acciones que provienen de la fe (Cf. Benedicto XVI 11.05.2009). Debemos aprender una vez más, que la paz es un don de Dios y que esta se apoya en cuatro columnas o pilares que son: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. (S. Juan XXIII, Pacem in terris).

Si creemos tener un criterio de juicio y de discernimiento divino en el origen del mundo, destinado a toda la humanidad, entonces no podemos cansarnos de procurar que ese conocimiento influya en la vida civil. La verdad debe ser ofrecida a todos; está destinada a todos los miembros de la sociedad. Arroja luz sobre los fundamentos de la moralidad y de la ética, e infunde en la razón la fuerza para superar sus propios límites a fin de dar expresión a nuestras aspiraciones comunes más profundas. Lejos de amenazar la tolerancia de las diferencias o la pluralidad cultural, la verdad posibilita el consenso, hace que el debate público se mantenga razonable, honrado y justificable, y abre el camino a la paz. Promoviendo el deseo de obedecer a la verdad, de hecho ensancha nuestro concepto de razón y su ámbito de aplicación, y hace posible el diálogo genuino de las culturas y las religiones, tan urgentemente necesario hoy.

Cada uno de los que estamos aquí presentes sabe también que hoy la voz de Dios se escucha menos claramente, y que la razón misma se ha hecho sorda a lo divino en numerosas situaciones. Con todo, ese "vacío" no es un vacío de silencio; es el ruido de pretensiones egoístas, de promesas vacías y de falsas esperanzas, que con tanta frecuencia invaden el espacio mismo en el que Dios nos busca. Entonces ¿podemos crear espacios, oasis de paz y de reflexión profunda, en los que se pueda volver a escuchar la voz de Dios, en los que su verdad se pueda descubrir dentro de la universalidad de la razón, en los que cada individuo, independientemente del lugar donde habita, de su grupo étnico, de su afiliación política o de su fe religiosa, pueda ser respetado como persona, como ser humano, como un semejante?

La respuesta es sí, podemos crear esos espacios, para lo cual, todos debemos trabajar por el bien común.El bien común abarca a todo el hombre, es decir, tanto las exigencias del cuerpo como las del espíritu. Todos debemos velar por el bien común, especialmente los que tenemos autoridad, en el campo civil o religioso. De lo cual se sigue que los gobernantes deben, también, procurar dicho bien por las vías adecuadas y escalonadamente, de tal forma que, respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu. (San Juan XXIII, Pacem in terris n. 42)

La paz, realidad a alcanzar y vivir, debe ser tenida en cuenta en lo objetivo y en cada acto concreto, no solo en lo discursivo. El querido Papa Francisco, nos dice en su mensaje por la Paz, de este año, que es necesario el buen trato con todos, en especial los migrantes y refugiados: resalta cuatro acciones “acoger, proteger, promover e integrar”, que por lo demás sirven a todo diálogo por la paz, en el camino de resolver diferencias y construir consensos y unidad.

Todo esto nos debe llevar, a poder dialogar, poder aceptar las diferencias de los otros, poder reconocer, a veces, al otro como adversario pero nunca, nunca sentirlo enemigo.

Esta oración nos debe llevar a un buen deseo, a un compromiso de vivir y desarrollar la supremacía del amor. No bajar los brazos. No sentirnos derrotados, reconocer que el bien, es algo arduo de realizar, pero que vale todo el esfuerzo pues no podríamos vivir con sentido, sino fuera así. Estaríamos renunciando a nuestra vocación y misión.

Todos nosotros como personas y como representantes de las Instituciones, debemos estar convencidos de que es posible procurar, generar, y desarrollar la Paz.

Dios bendiga nuestros buenos esfuerzos. El mundo lo pide y nosotros nos sentimos interpelados y queremos poner nuestro granito de arena.

+Mons. Rubén O. Frassia

Miembro de la Com. Episcopal de Pastoral Social

 

Avellaneda, 8 de junio de 2018.

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