Ponencia "POR UN HUMANISMO DEL TRABAJO A NIVEL PLANETARIO" - Semana Social 2006

Publicado: Viernes, 06 Junio 2014
POR UN HUMANISMO DEL TRABAJO A NIVEL PLANETARIO Renato R. Card. Martino [1] Agradezco a S.E.R. Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y a S.E. Mons. Jorge Casaretto, Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, su atenta y fraternal invitación para participar en esta Semana Social de Mar del Plata. Saludo con afecto a todos mis hermanos Obispos aquí presentes, y felicito muy sinceramente a todos los organizadores de este importante Encuentro Nacional. Estoy seguro que esta Semana Social involucrará a todos los participantes en una seria reflexión comunitaria que será capaz de suscitar y ofrecer propuestas válidas a los múltiples y complejos problemas presentes hoy en el mundo del trabajo, particularmente en lo que se refiere a la capacitación. Sé que el tema de este Encuentro es precisamente la capacitación para el trabajo como herramienta para el futuro. Creo que el sondeo de opinión sobre el tema, preparado y realizado por los Organizadores, arrojará datos objetivos y ofrecerá un panorama de la situación local al respecto. Por mi parte deseo ofrecerles en mi intervención un tema más amplio y general, que se podrá aplicar a las reflexiones que llevarán a cabo en estos días. Los problemas, desequilibrios y carencias existentes en el mundo del trabajo, también en lo que se refiere a la capacitación, se deben principalmente a una causa concreta: no tener en cuenta "una justa jerarquía de valores que coloque en primer lugar la dignidad de la persona que trabaja" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 321). La reflexión que les ofreceré a continuación la he titulado: "Por un humanismo del trabajo a nivel planetario". Mi intervención quiere provocar la reflexión para buscar y actuar nuevas formas de solidaridad que puedan y deban implementarse en el moderno y cambiante mundo del trabajo, el telón de fondo no es otro que la propuesta del Siervo de Dios Juan Pablo II de globalizar la solidaridad. 1. Inicio mi intervención con algunas preguntas: El trabajo ¿Une o separa? ¿Produce sociabilidad o la destruye? ¿Abre al hombre a la relación con los demás o lo encierra en sí mismo? ¿Tiene una dimensión universal o particular? Estas preguntas tienen que ver profundamente con la doctrina social de la Iglesia. Ante todo porque esta doctrina siempre ha afirmado que "el trabajo es una vocación universal" (Sollicitudo rei socialis, 8). En segundo lugar porque estas preguntas nacen implícitamente del número 322 del Compendio de la doctrina social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo "Justicia y Paz" en octubre del 2004. En este párrafo del Compendio se afirma que la universalidad pertenece al hombre y no a las cosas, y que a universalizarse cada vez más, también mediante el proceso de globalización, es la comunidad humana y no la técnica o la economía. Éstas son más bien causas instrumentales y no fundamentales de los procesos en curso. Pero es precisamente aquí que se encuentra la cuestión. ¿Cuáles son las características universales del hombre que se transmiten en el trabajo participándole su universalidad? Hoy tenemos necesidad de volverlas a descubrir, sobre todo si consideramos debidamente los resultados de una técnica y de una economía que parecen transformar el modo de trabajar a tal punto de mortificar su dimensión universal. Si existe un corto circuito entre las auténticas exigencias de universalidad del trabajo humano y los obstáculos de una técnica y de una organización económica que no siempre permiten su expresión, ¿sobre qué es necesario actuar para restablecer la norma? Buscaré responder a estas preguntas, partiendo del examen de algunos elementos que hoy parecen impedir la plena valoración de la dimensión universal del trabajo humano. 2. La encíclica Laborem exercens, en el número 8 afirma que la "cuestión proletaria... ha hecho surgir y casi irrumpir un gran impulso de solidaridad entre los hombres del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la industria". La reacción contra la degradación del hombre como sujeto del trabajo, añade la encíclica, "ha reunido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad". Esta solidaridad era uno de los principales signos del humanismo universal del trabajo. Pues bien, hoy esta misma solidaridad parece estar sometida a graves amenazas precisamente por la evolución del mundo del trabajo, el cual está conociendo una notable fragmentación e individualización. Se trabaja cada vez más solos y solos se busca tutelar los propios derechos y hacer valer las propias reivindicaciones. La seguridad no se busca más en la solidaridad, sino que se tiende a confiar casi exclusivamente en las propias capacidades y en el propio espíritu emprendedor. Las tipologías de trabajo y la misma configuración contractual y jurídica de los nuevos trabajos son hoy de lo más variado y prefiguran relaciones que tienden a ser cada vez más difusas, elásticas y flexibles entre trabajadores y empresa. A esta disminución de la solidaridad dentro del mundo del trabajo en los países desarrollados, corresponde también una carencia de solidaridad entre los trabajadores de esos países y los de países en vías de desarrollo. En muchos casos hablar de crisis de solidaridad suena hasta eufemístico, dado que muchos trabajadores de áreas en crisis en los países ricos consideran verdaderos antagonistas a los trabajadores de los países emergentes, en una relación de conflicto. Existe una fuerte competencia entre los trabajadores de las diversas áreas del planeta, dado que la competencia fiscal entre los Estados se actúa mediante un diverso sistema de tutelas del mundo del trabajo. La competitividad entre los sistemas-país, como dicen los expertos, pasa también a través de la legislación del trabajo, la práctica sindical, la creación de nuevos trabajos, fenómenos todos que corren el riesgo de alejar a los trabajadores entre sí, incluso al interno de cada país. 3. Esta observación nos introduce a otro fenómeno que parece impedir una auténtica universalidad del trabajo. Me refiero a la emergencia del problema del desempleo, que la encíclica Laborem exercens consideraba "un mal" y, cuando adquiere ciertas dimensiones, "una verdadera calamidad social" (n. 18). Hace algunos años se trataba de la preocupación principal, hoy la atención se centra más en la movilidad, la flexibilidad, la reconversión y la formación. El desarrollo económico sobre todo de bienes "personales" y "personalizados", de bienes inmateriales postmodernos, ha creado nuevas posibilidades de trabajo, que sin embargo con frecuencia presentan costos muy elevados en términos humanos y familiares. El nomadismo laboral y la flexibilidad exasperada permiten la reducción del desempleo, pero frecuentemente producen cambios negativos de tipo relacional. Hace veinte años, en la época del "empleo fijo", el acento se ponía sobre el drama de perder este empleo; hoy, en tiempos de nomadismo laboral en el que el empleo fijo de tipo tradicional es redimensionado, surgen más bien los problemas relacionados con el gobierno de la flexibilidad. El punto de focalización ha cambiado. La universalidad del trabajo entraba en las conciencias de los sujetos económicos y políticos sobre todo a través de la convicción, ampliamente compartida, de que el desempleo es un mal social grave, que a su vez trae consigo otros males, y que la tendencia a la plena ocupación es un objetivo que se debe mantener fijo y al que hay que tender. Debo constatar que hoy esta conciencia parece haberse debilitado y que si bien nadie está dispuesto a declarar aceptable la desocupación, muchos parecen aceptar formas de trabajo bastante precario, que no se llama desocupación por conveniencia, pero que es un fenómeno muy cercano a ella. Como sucedía y sucede para los trabajos llamados socialmente útiles, también muchas situaciones laborales de hoy no son sino una conveniencia para cubrir de hecho la desocupación. 4. Veamos ahora el tercer y último aspecto que quiero evidenciar. Se trata de un aspecto del trabajo muy importante para designar su valor universal. Me refiero a la famosa afirmación de Laborem exercens según la cual "el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social" (n. 3). Hoy parece que esto ha cambiado, que el trabajo, en singular parece que no existe más. Parece que ha sido sustituido por los trabajos, en plural, cuya diversidad no corresponde más a un estatus social. Esto parece evidente por el hecho de que es posible ser ricos sin trabajar y ser pobres trabajando. En este caso la participación en el mundo del trabajo no está en grado de favorecer un pleno derecho de ciudadanía. Lo mismo puede decirse de los sectores informales del trabajo, tan difundidos por todo el mundo, como oportunamente recuerda el Compendio de la doctrina social de la Iglesia en el n. 316. La actividad financiera en la bolsa, viceversa, produce elevadas ganancias, pero es una actividad que evidentemente no entra en el sentido tradicional del trabajo. Este es uno de los aspectos fundamentales. El trabajo corre el riesgo de no ser percibido más como "clave" de la cuestión social porque existen muchos ámbitos laborales que no son considerados tales y a la vez, trabajos vinculados a la concepción tradicional que se vuelven obsoletos y socialmente marginales. Los ejemplos a los que hice referencia parecerían atestiguar sin ninguna duda que el trabajo ha perdido, en caso de que la haya tenido, su dimensión universal y que cada vez es más difícil construir un humanismo del trabajo verdaderamente universal. 5. El mensaje central de la doctrina social de la Iglesia es que el trabajo es Actus Personae, acto de la persona. En el trabajo está comprometida, desde lo más íntimo de su ser, toda la persona. No se trabaja con las manos o con el cerebro, con la razón o con la pasión, se trabaja con toda la compleja, pero unitaria realidad de la propia persona. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia llama la atención sobre esta realidad cuando, retomando la Laborem exercens, afirma que el significado principal del trabajo es el subjetivo (n. 271). Este aspecto no pertenece sólo al trabajo sino a toda actividad humana y está estrechamente vinculado con este otro: el primer fin del trabajo mismo es la persona que trabaja, el trabajador, como recuerda el Compendio en el n. 272. La Laborem exercens, en 1981, se expresó de la siguiente manera: "Como persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad" (n. 6). También este aspecto no pertenece sólo al trabajo, sino a toda actividad humana. En efecto, el primer objeto de nuestro actuar no es la cosa o el producto hacia el cual nos dirigimos, sino nosotros mismos, como bien ha puesto en evidencia la encíclica Veritatis splendor de Juan Pablo II. Con nuestro actuar decidimos lo que queremos hacer de nosotros mismos, la persona que queremos ser. En el Coloquio Internacional organizado en el Vaticano por el Pontificio Consejo "Justicia y Paz" para conmemorar los veinte años de la Laborem exercens, el Obispo esloveno -y filósofo- Anton Stres sintetizaba este aspecto del trabajo diciendo que la expresión escolástica agere sequitur esse sigue siendo verdadera en cuanto que el trabajo es tal porque lo realiza un sujeto humano; pero también es verdadera la expresión contraria esse sequitur agere, en cuanto que haciendo y operando en el trabajo, el hombre ante todo se construye a sí mismo. La Laborem exercens es, al respecto, bastante clara: "El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido "se hace más hombre"" (n. 9). Esta dimensión subjetiva y profundamente humana del trabajo nos explica que también hoy es realmente posible cimentar -sobre la base de la común naturaleza humana y la importancia que el trabajo reviste para toda persona humana- un verdadero humanismo universal del trabajo. También nos ayuda a entender que, no obstante la diversidad de los trabajos, existe una profunda unidad, "el trabajo" en singular sigue existiendo también en la sociedad de "los trabajos" al plural. La Laborem exercens lo afirma con claridad: "Aunque se pueda decir que el trabajo, a causa de su sujeto, es uno (...) sin embargo, considerando sus direcciones objetivas, hay que constatar que existen muchos trabajos: tantos trabajos distintos" (n. 8). El sentido primario del trabajo es el hombre que trabaja; desde esta perspectiva todos los trabajadores cumplen un único trabajo. Desde el punto de vista de la humanidad del sujeto que trabaja -fin último y verdadero del trabajo- no existe diferencia entre un trabajo y otro. Para el sentido subjetivo primario, el trabajo es, en el fondo, uno solo: volverse hombres. El sentido secundario del trabajo es el objetivo, es decir, el producto del trabajo, sus aspectos técnicos y sus relaciones con el "capital". Aquí se abre la diversidad de trabajos, diversos por las actividades diversas que se realizan, diversos por las culturas diversas en que se ejercen, diversos por las diversidades económicas y geográficas de los países en que viven los trabajadores. Considero de importancia fundamental mantener la unidad del trabajo en nuestras sociedades donde, como afirmaba al inicio, el trabajo se está fragmentando en formas tan diferentes y los trabajos atípicos, no obstante el nombre, se están volviendo la norma. Los trabajos son todos atípicos si se miran desde el punto de vista objetivo; pero vistos desde la perspectiva de la persona que trabaja, son todos el mismo trabajo. 6. Creo que sobre este argumento personalista se puede y se debe fundar cada vez más la solidaridad universal del mundo del trabajo, la cual, como decía al inicio, hoy parece experimentar ciertas dificultades. La solidaridad se podrá fundar cada vez menos sobre la contigüidad física del trabajar juntos como sucedió en los tiempos de la fábrica fordista. La solidaridad podrá fundarse cada vez menos en la identidad del estatus social porque la diversificación de los trabajos, su inmaterialidad cada vez mayor, e incluso su virtualidad, en cierto modo sacan de contexto al trabajo. La solidaridad se fundará cada vez menos sobre la reivindicación colectiva porque los trabajos están poniendo en crisis la representatividad del sindicato y está contraponiendo los trabajadores a los trabajadores, como por ejemplo los del sector público y los del sector privado. Del resto, existen solidaridades nacionales del mundo del trabajo que se contraponen a los trabajadores de diversos Estados mientras compactan -pero sólo con fines antagónicos, reivindicativos o incluso corporativistas- a los trabajadores nacionales. Creo que la solidaridad puede ser recuperada, y fundamentada mejor quizás que en el pasado, apuntando al redescubrimiento del valor subjetivo del trabajo. En otras palabras "hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive". Para esto "son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo" (Laborem exercens, 8; ver también Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 308-309). El tiempo de la solidaridad del mundo del trabajo no ha terminado; ciertamente debe cambiar el modo, pero si se funda auténticamente sobre el bien del trabajador y de su familia, sabrá encontrar nuevas expresiones. Es necesario hoy en día tutelar la seguridad del trabajador y de su familia, no sólo en los trabajos tradicionales, sino también en los nuevos trabajos. Esto requiere que no se permanezca demasiado vinculado a las antiguas formas de garantías, sino que se sepa también prever nuevas y más acordes con los tiempos. Existe la necesidad de tutelar a los trabajadores que ocupan puestos de tipo tradicional, pero también a los que realizan trabajos de nueva generación, que nacen según modalidades inéditas y sin la maduración histórica de una auténtica solidaridad. Por la larga experiencia que he adquirido en el ámbito internacional al servicio de la Santa Sede, me siento con el deber de afirmar que hoy y en el futuro próximo, el principal desafío para la solidaridad y para un humanismo universal del trabajo, proviene de la competencia entre países desarrollados y en vías de desarrollo. Hoy el mundo está dividido en tres categorías: los países ricos, que también deben enfrentar la competencia de los países emergentes, sobre todo del oriente asiático; los países emergentes que con ritmos de crecimiento bastante fuertes irrumpen en la escena mundial trayendo consigo las propias contradicciones; y los países más pobres que todavía no emergen de la pobreza y el subdesarrollo. No podrá darse de hecho un verdadero humanismo universal del trabajo sin que los trabajadores de las tres categorías reencuentren una nueva solidaridad. 7. La atención puesta por la Laborem exercens sobre el sentido subjetivo del trabajo, es decir, sobre el hecho que éste es siempre expresión de toda la persona del trabajador y, por lo tanto, teatro moral de su realización, encuentra hoy una amplia confirmación en el mundo del trabajo de la mayor parte de las sociedades. Los trabajos meramente ejecutivos se dan cada vez menos y tienden a desaparecer. Por lo demás, precisamente por su carácter subjetivo, ningún trabajo es únicamente ejecutivo; por una motivación antropológica antes que económica. Es sin duda positivo que el mundo del trabajo experimente cada vez más la necesidad de valorar el propio capital humano y social. La encíclica Centesimus annus, valiéndose de la visión subjetiva del trabajo humano de la Laborem exercens, afirma que el mayor recurso del hombre es el hombre mismo ("el principal recurso" y "el factor decisivo" afirma la encíclica en el n. 32) y que "el desarrollo integral de la persona humana en el trabajo no contradice, sino que favorece más bien la mayor productividad y eficacia del trabajo mismo" (n. 43). El mundo del trabajo está descubriendo cada vez más que el verdadero capital está en los conocimientos, en las capacidades humanas y relacionales de los trabajadores, en la creatividad, en la promoción de sí mismo, en la capacidad de afrontar conscientemente lo nuevo, en la capacidad de trabajar juntos y de saber perseguir con fidelidad y acierto objetivos comunes. Como vemos se trata de cualidades puramente personales, es decir, centradas en el sujeto del trabajo más que en los aspectos objetivos, técnicos, operativos del trabajo mismo. La Laborem exercens llama el polo objetivo del trabajo con el término tradicional de "capital" y declina la pareja trabajo subjetivo y trabajo objetivo en la pareja trabajo y capital. Pues bien, hoy se puede decir que la importancia de la dimensión subjetiva ha crecido tanto que el capital se ha vuelto el trabajo. La verdadera riqueza se encuentra en el trabajo, en las capacidades humanas, en la inteligencia y en la creatividad de las personas. El trabajo tiende a absorber el capital, contrariamente a cuanto sucedía en la vieja sociedad industrial, cuando por el contrario, el sujeto terminaba por ser sometido por el objeto, por la máquina. Pero no hay que hacerse ilusiones de que esta dinámica, en sí misma positiva, no contenga ningún peligro. En efecto, hoy el hombre es el principal recurso, pero el hombre no es sólo un recurso, es sobre todo un fin. Los peligros de convertir en una mercancía el trabajo existen todavía hoy, tanto en los países emergentes y pobres como en las sociedades avanzadas. No se piense erróneamente que el proceso de dependencia del trabajo de la materia sea capaz por sí mismo de superar la alienación en el trabajo y del trabajo. No me refiero sólo al desempleo, al trabajo en negro, al trabajo infantil, al trabajo mal remunerado, al trabajo esclavizante que persiste en pleno siglo XXI. Me refiero también a las nuevas formas, mucho más sutiles, de explotación de los nuevos trabajos, al súper - trabajo, al trabajo - carrera que a veces roba espacio a otras dimensiones igualmente humanas y necesarias para la persona, a la excesiva flexibilidad del trabajo que hace precaria y a veces imposible la vida familiar. El trabajo modular en equipo o por objetivos que permite valorar las capacidades personales, pero que requiere también una plasticidad que en ocasiones coincide con la indiferencia. El nomadismo laboral puede tener fuertes repercusiones en la percepción unitaria de la propia existencia y en la estabilidad de las relaciones familiares. Si el hombre está alienado cuando invierte los medios en fines (Cf. Centesimus annus, 41), también en el nuevo contexto del trabajo inmaterial, cualitativo más que cuantitativo, se pueden dar elementos de alienación "según que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria, o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca exclusión". Son palabras de la Centesimus annus (n. 41). 8. La doctrina social de la Iglesia fundamenta el trabajo en la persona, en el sujeto que trabaja, de esta manera amplía el círculo del trabajo a la humanidad entera. La dimensión relacional del trabajo emerge con mayor evidencia si se concentra en su sentido subjetivo más que en el objetivo. Trayendo a la luz la humanidad del trabajo se descubre también cada vez más el aspecto relacional del trabajo mismo. Concibiendo el trabajo como acto de la persona e instrumento de construcción de sí misma, se descubre también que la riqueza de la persona y sus potencialidades se pueden realizar únicamente con el auxilio de todos los demás. Es cuanto afirma la Centesimus annus: "Mediante su trabajo el hombre se compromete no sólo en favor suyo, sino también en favor de los demás y con los demás: cada uno colabora en el trabajo y en el bien de los otros" (n. 43). La cadena de las relaciones del trabajo, afirma la encíclica, "se extiende progresivamente". En la actualidad este aspecto ha asumido una evidencia absolutamente excepcional. Con toda probabilidad muchos de los bienes que se adquieren y consumen, también en Argentina, provienen de diversas partes del mundo. El mundo del trabajo es una realidad compleja e integrada. No existe ya ningún tipo de trabajo que pueda considerarse individual. A medida que aumenta la importancia del saber y de la información, el trabajo se vuelve colectivo cada vez más. A medida que el trabajo se vuelve menos manual y más inmaterial, aumentan las exigencias de comunicación y, por lo tanto, de relación. "Hoy más que nunca, trabajar es trabajar con otros y trabajar para otros" afirma la Centesimus annus (n. 31), que además precisa lo siguiente: "el hombre trabaja con los otros hombres, tomando parte en un trabajo social que abarca círculos progresivamente más amplios" (n. 32). Es en este contexto que es necesario colocar también la nueva situación del trabajo en la globalización. "La universalidad -afirma el Compendio de la doctrina social de la Iglesia- es una dimensión del hombre, no de las cosas. La técnica podrá ser la causa instrumental de la globalización, pero la universalidad de la familia humana es su causa última. El trabajo, por tanto, también tiene una dimensión universal, en cuanto se funda en el carácter relacional del hombre. Las técnicas, especialmente electrónicas, han permitido ampliar este aspecto relacional del trabajo a todo el planeta, imprimiendo a la globalización un ritmo particularmente acelerado. El fundamento último de este dinamismo es el hombre que trabaja, es siempre el elemento subjetivo y no el objetivo. También el trabajo globalizado tiene su origen, por tanto, en el fundamento antropológico de la intrínseca dimensión relacional del trabajo" (n. 322). [1] Presidente del Pontificio Consejo "Justicia y Paz"

Situación Comunidad Qom

Reunión entre Mons. Lozano con diputados nacionales y dirigentes sociales por la situación de la comunidad Qom.

 

 

Monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal  de Pastoral Social, se reunió con Victoria Donda (Libres del Sur), Alicia Ciciliani (Socialismo), Virginia Linares y Cristina Calvo (GEN), Ricardo Alfonsín (UCR), Alfonso Prat Gay (Coalición Cívica-ARI), María Elena Barbagelatta (Socialismo), Humberto Tumini (Libres del Sur) para interiorizarse del conflicto que está viviendo la comunidad Qom La Primavera  de Formosa.

 

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Reunión con CGT

Mons. Lozano se reunió con Moyano y dirigentes de CGT

 

En el marco de la realización de la Semana Social 2013, el presidente de la Comisión Episcopal  de Pastoral Social (CEPAS), Mons. Jorge Lozano se reunió con dirigentes sindicales.

 El encuentro tuvo lugar en la sede del Sindicato Único de Espectáculos Públicos (SUTEP) y participaron Hugo Moyano, Gerónimo “el Momo” Venegas, el secretario del SUTEP Miguel Ángel Paniagua, y cerca de 40 dirigentes y secretarios generales.

 

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Designación de nuevas autoridades

Designación de nuevas autoridades frente a la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

 

El actual Obispo de la Diócesis Gualeguaychú, Monseñor Jorge Lozano, fue elegido como presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social para el periodo 2011-2014. La designación se conoció durante la asamblea plenaria del Episcopado, que se desarrolló en la casa de ejercicios espirituales "El Cenáculo" en Pilar, Provincia de Buenos Aires, donde además se renovaron todos los cargos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA).

 

Por su parte,[...] fue designado como Secretario Ejecutivo de la misma, el Pbro. Adalberto Odstrcil.

 

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