No rifemos la pelota

Por Mons. Jorge Eduardo Lozano 

Obispo de Gualeguychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Diario La Nación. Edición impresa

 

         Cuando era chico, una expresión que solíamos usar en la cancha del barrio era “no rifés la pelota”, una recriminación a quien pateaba el balón sin sentido. Hoy estamos ante un serio riesgo de rifar la pelota, pero de otro modo.

 

 

         Se está hablando del “Prode bancado”. Al Prode clásico lo conocemos: local, empate o visitante en cada partido. ¿Qué significa ahora “bancado”? Que podrá haber apuestas sobre los partidos de modo electrónico: desde la computadora, tablet y hasta el celular. Sin dudas, un negoción para pocos en el fútbol para todos.

 

 

          La cuestión hay que analizarla desde dos patologías: la ludopatía, en lo personal, y la corrupción, en lo social.

 

          En cuanto a lo primero, no decimos nada nuevo al señalar el crecimiento de esta adicción. Varios obispos lo venimos señalando hace años y en diciembre de 2010 hubo una declaración de la Conferencia Episcopal Argentina titulada “El juego se torna peligroso”. Con el tímido cartelito “jugar compulsivamente es perjudicial para la salud”, en los bingos, casinos y casas de juego no se logra mucho si se grita más fuerte “salvate con un golpe de suerte” o “ganamos todos” (un eufemismo más mentiroso que el otro). Son muchos los que se juegan desde parte de sus magros ingresos hasta la propia casa, y pocos los que consiguen una apostando.

 

        ¡Por favor! ¡Basta de ofertas de timba! ¡Necesitamos cultura del trabajo! No sé cómo expresarlo para que provoque vergüenza promover el noviazgo mentiroso de azar y dinero. Para salir de la pobreza hace falta trabajo debidamente remunerado. Lo demás es estafar con ilusiones falsas. Todo lo que va en contra de la dignidad humana ofende al Creador.

 

         La modalidad de apuestas online tiene el agravante que oculta en el plano de lo individual un serio problema de enfermedad social. Al poder acceder desde la casa, la escuela, la oficina o la plaza, se facilitan las alternativas de apuestas y se esconde a “los jugadores” en el anonimato. Resulta también casi imposible controlar la entrada de menores al circuito de apuestas. Deberíamos ser claros. Si es por plata, no es un juego, es un negocio, un mal negocio para la inmensa mayoría, y muy lucrativo para unos pocos que buscan plata, venga como venga.

 

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