Seamos guardianes de nuestros hermanos
Frente al riesgo de que la ley pierda estado parlamentario, “no hacer nada” es complicidad.
Por el licenciado Matías Dalla Fontana
La siembra de la confusión también engendra epidemias. Una idea poco nueva, pero hoy de moda, afirma que el hombre puede diseñarse a sí mismo: dormir mal, no caminar lo suficiente, no vincularse, criar niños con dispositivos, contradecir datos del orden básico. Asistimos a una profunda distracción adulta de su deber primordial: cuidar al cachorro, que nace desvalido. Cuando la cultura se rinde al lucro abstracto, el desarraigo fractura el mundo de la vida y la humanidad paga un costo altísimo por dañarse a sí misma. La injusticia social tiene gravosas aristas económicas, además de morales.
El desorden nos divide y en esa grieta nos coloniza hoy un uso indebido de los teléfonos. Convertidos en casinos de bolsillo, las apuestas evidencian que, cuestionado el orden barrial y agredidas las Instituciones que son núcleo de una cultura humanista, se allana la relativización de las condiciones de vida y proliferan epidemias de salud mental.
Palabra aparte para los que nos hemos formado en el deporte: juego no es apuesta. Y ser líder exige ser conciente de que la potencia identificatoria de la imagen puede edificar, así como puede confundir y agredir a los más chicos.
La Pastoral Social lo advirtió con justeza: «la ludopatía es un atentado contra la vida». Frente a la voracidad algorítmica, León XIV evoca en Magnífica Humanitas el modelo de Nehemías: un conductor humilde convoca a las familias a reconstruir las murallas de la comunidad, cada uno con su herramienta según su oficio. Esto equivale a edificar la dignidad colectiva mientras se defienden activamente las brechas por donde el saqueo vulnera a los más débiles.
Frente al riesgo de que la ley pierda estado parlamentario, “no hacer nada” es complicidad. Dilatar la norma es un pensamiento mágico, un vuelo mental gallináceo que elude la respuesta de fondo: la Comunidad Organizada.
Hay cosas que sabemos que funcionan. A las tres “C” de la exclusión (calle, cárcel o cementerio) se les responde con las tres “C” de la vida: Colegio, Club y Capilla. La salud mental no brota de la timba solitaria tras una pantalla, sino de la comunidad viva que ordena, contiene y sostiene. Es tiempo de cuidar, legislar y actuar. La vida no se timbea.











