¡El Señor no es indiferente a nosotros! Esto es lo que cuenta y nos da esperanza. Que muchos sean ajenos a la cuestión de Dios es, en efecto, un problema; pero lo es igualmente que muchos sean ajenos a la cuestión del hombre. Cuántas personas, por desgracia, se desinteresan del prójimo, viviendo de manera egoísta o desprecian a los pobres desperdiciando sus bienes en cosas vanales. Cuántos descartan a los sencillos y a los enfermos, pensando que alguien vale por lo que produce.
Extracto del mensaje del Papa León a los jóvenes Franceces
El Evangelio de Jesús, en realidad, no conduce al conflicto, sino que siempre invita al perdón: mientras ilumina el drama de la historia, nos educa en el cuidado fraterno. El encuentro con Cristo nos abre al diálogo y nos prepara para su paz, porque ofrece a cada hombre y mujer la mayor promesa que cumple todo deseo: la promesa de la vida eterna.
Gracias a Él podemos unir el celo misionero con la experiencia de la fraternidad hacia quienes no creen o pertenecen a otras tradiciones religiosas. Esta fraternidad, compuesta por la escucha y la estima mutua, hunde sus raíces en la unidad de la familia humana, que a lo largo de la historia ha expresado la dimensión religiosa como una característica vital de todo pueblo.
Cultivar un vínculo fraternal con quienes no comparten nuestra fe contribuye así a la construcción de la sociedad; además, puede convertirse en un ejercicio de fe y caridad, porque es imposible dar testimonio de Cristo sin amar a quienes deseamos anunciarlo.
El mensaje cristiano no es un obstáculo para la convivencia fraterna, al contrario, lo promueve, porque invita libremente a cada persona a escuchar una noticia de paz y salvación. Del mismo modo, nuestra misión no contradice el respeto hacia otras religiones, porque la Iglesia no rechaza nada de lo que en ellas hay de santo y verdadero











