ENTRE EL AGUA Y LA MEMORIA
Por María José González, tucumana, miembro del Área de Comunicación de la Diócesis de Concepción y Licenciada en Trabajo Social
En el sur de Tucumán, las inundaciones no son un hecho aislado ni una sorpresa absoluta. Son parte de una historia que se repite cada verano, cuando la lluvia cae con intensidad y los ríos recuerdan que el territorio tiene memoria.
En lugares como La Madrid (ciudad ubicada a 100 km al sur de la capital tucumana), el agua no sólo cubre calles y casas: también revela las fragilidades de un modelo de desarrollo que muchas veces creció sin planificación.
Durante años, la expansión agrícola, la deforestación y las modificaciones en los cursos de los ríos transformaron el paisaje y alteraron el equilibrio natural.
Cultivos como el arándano, el limón y la soja trajeron un motor económico que excluyó la vegetación natural del pedemonte, ecosistema biodiverso de alta prioridad de conservación, crucial para la regulación hídrica, pero amenazado por el desmonte y el avance agrícola/urbano. A esto se suma la falta de un ordenamiento territorial que anticipe riesgos y proteja a las poblaciones más vulnerables. Las inundaciones, entonces, dejan de ser únicamente un fenómeno natural para convertirse en un espejo donde se reflejan decisiones humanas.
Pero entre el barro y las pérdidas también aparece algo profundamente humano: la solidaridad. Vecinos que ayudan, comunidades que resisten y vuelven a empezar.
Quizás el desafío no sea sólo responder a la emergencia cuando el agua llega, sino animarnos a pensar estrategias antes de que eso ocurra. Porque cada inundación deja una pregunta abierta: ¿seguiremos reaccionando ante la crisis o seremos capaces de anticiparnos a ella?














