El analfabetismo de nuestro tiempo
Por Bruno Quagliardi, estudiante de Periodismo y medios digitales
Hubo un tiempo en que el gran desafío era enseñar a leer y a escribir. Hoy, el desafío más urgente es volver a aprender a leer el corazón de las personas.
Sabemos interpretar estadísticas, responder mensajes en segundos y recorrer cientos de publicaciones cada día. Sin embargo, cada vez nos cuesta más descubrir el dolor detrás de una sonrisa, el cansancio de quien sostiene a su familia, la soledad de un abuelo que espera una visita o la angustia silenciosa de tantos jóvenes que sienten que nadie los escucha.
Ese es, quizás, el analfabetismo más profundo de nuestro tiempo, haber perdido la capacidad de leer la vida del otro.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que cada persona posee una dignidad infinita. Nadie puede reducirse a un número, a una productividad o a una etiqueta. Cada rostro guarda una historia sagrada que merece ser conocida, respetada y acompañada.
Por eso conmueve la parábola del Buen Samaritano: vió, se conmovió y se acercó. Mientras otros pasaron de largo, él se detuvo. Porque ninguna herida empieza a sanar si primero nadie se anima a mirar.
Tal vez la crisis más profunda de nuestro tiempo sea una crisis de sensibilidad. Nos hemos acostumbrado demasiado rápido al sufrimiento ajeno y, cuando el dolor deja de conmovernos, nuestra humanidad se debilita.
La Iglesia nos invita a mirarnos como hermanos, a descubrir el rostro de Cristo en quien sufre, a escuchar antes de responder y a tender la mano antes de juzgar.
Ese es, quizás, el analfabetismo más profundo de nuestro tiempo, haber perdido la capacidad de leer la vida del otro.La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que cada persona posee una dignidad infinita. Nadie puede reducirse a un número, a una productividad o a una etiqueta. Cada rostro guarda una historia sagrada que merece ser conocida, respetada y acompañada.
Por eso conmueve la parábola del Buen Samaritano: vió, se conmovió y se acercó. Mientras otros pasaron de largo, él se detuvo. Porque ninguna herida empieza a sanar si primero nadie se anima a mirar.
Tal vez la crisis más profunda de nuestro tiempo sea una crisis de sensibilidad. Nos hemos acostumbrado demasiado rápido al sufrimiento ajeno y, cuando el dolor deja de conmovernos, nuestra humanidad se debilita.
La Iglesia nos invita a mirarnos como hermanos, a descubrir el rostro de Cristo en quien sufre, a escuchar antes de responder y a tender la mano antes de juzgar.
El mundo cambia cuando alguien decide detenerse. El primer gesto de la caridad no es dar cosas; es hacerle sentir al otro que su vida importa.










