La ternura y el coraje en tiempos de virtualidad
Por la Dra Ayelén Tomasini, Presidenta de la Comisión Nacional de Justicia y Paz
La Doctrina Social de la Iglesia parte de una convicción sencilla y profunda: toda persona tiene una dignidad que no depende de su condición, de su poder ni del lugar que ocupa en la sociedad. El Evangelio muestra a Jesús reconociendo esa dignidad en cada encuentro. Allí donde otros ven una enfermedad, una culpa, una exclusión o una vida que parece haber perdido su lugar, Jesús se acerca y devuelve algo que parecía perdido: paz, libertad, confianza, protagonismo.
En tiempos en los que muchas veces transitamos de la hostilidad a la desconfianza, recuperar la hospitalidad exige algo más que buenas intenciones. Hace falta ternura, pero también coraje. Las mujeres del Evangelio nos ofrecen una particular expresión de esa combinación.
Su ternura no es debilidad ni una actitud meramente afectiva. Es una manera de mirar la realidad poniendo en el centro a la persona concreta, especialmente a quien sufre, está herido o ha quedado al margen. Es la mirada de María en Caná, capaz de percibir una necesidad antes de que se transforme en una crisis. Es también la cercanía de las mujeres que acompañan a Jesús hasta la cruz, cuando permanecer allí, sin poder cambiar lo que sucede, se convierte en un verdadero acto de valentía.
Pero la ternura no camina sola. Está unida al coraje. La samaritana se anima a dialogar con Jesús y después se convierte en anunciadora. María Magdalena permanece junto al sepulcro y recibe la misión de anunciar la Resurrección. Marta profesa su fe en medio del dolor. Ninguna de ellas se limita a observar la historia desde afuera. Cada una, desde su lugar, toma la palabra, se compromete y participa.
Esta mirada también interpela nuestra vida social. La empatía, la capacidad de escuchar de verdad y la defensa de quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad no son asuntos privados. Tienen una dimensión social y forman parte de la responsabilidad de toda persona que quiera contribuir a una sociedad más justa y fraterna.
En tiempos de virtualidad, de redes digitales y también de creciente artificialidad en nuestros vínculos, recuperar el valor de la ternura puede ser una fuerza transformadora. El verdadero coraje no necesita endurecer el corazón. Puede ser firme sin dejar de cuidar, puede defender sin humillar y puede sostener una convicción sin dejar de mirar al otro como persona.
Allí donde alguien custodia, acompaña, defiende una dignidad amenazada y se compromete con el bien común, hay también una forma concreta de construir la paz.











