La pobreza no es paisaje
Cr Osvaldo Rebollo
Miembro de la Comisión de Comunicación Transformadora de Justicia y Paz
Cuando la exclusión se vuelve costumbre, la indiferencia gana terreno. En los márgenes hay comunidades que sostienen la vida con educación, trabajo e integración. Hacer visible ese esfuerzo es una responsabilidad de todos.
La pobreza no es un paisaje inevitable ni un dato estadístico que deba aceptarse con resignación. Es una herida abierta en el cuerpo social. Naturalizarla es empezar a justificarla. Cuando la exclusión se vuelve costumbre, también se vuelve indiferencia.
En los márgenes de nuestras ciudades y pueblos, trabajan diariamente organizaciones comunitarias, parroquias, comedores, cooperativas y redes de cuidado que sostienen silenciosamente la vida cotidiana. Allí donde faltan oportunidades, aparecen manos que enseñan, acompañan, alimentan y contienen. Ese esfuerzo diario mantiene vivo el tejido social más frágil y evita fracturas mayores.
Esa tarea necesita ser visible. No para exhibirse, sino para reconocer que la educación, el trabajo y la integración son los pilares reales de cualquier evolución social. Sin ellos, no hay desarrollo posible ni comunidad sólida.
No es posible concebir una sociedad desde la comodidad del lugar que cada uno ocupa sin mirar sus bordes. Toda comunidad que aspire a crecer debe preguntarse quiénes han quedado afuera y qué estamos haciendo para que vuelvan a ser parte. Hacer visible esa realidad es un acto de responsabilidad colectiva.










