Aviso a los jóvenes que desean entrar en política…
Monseñor Juan Ignacio Liébana, Obispo de Chascomús y miembro de Pastoral Social
La política es una de las tareas más nobles. Es la caridad ejercida en su punto más alto. Es administrar lo que es de todos, es dialogar, es escuchar, es soportar tensiones, es buscar siempre lo justo, lo bueno, lo conveniente, mirando por los más vulnerables, trabajando por el bien común, abriendo procesos de amistad y diálogo social...
Por favor que el que se meta en política sea una persona íntegra que no juegue con las ilusiones y esperanzas de un pueblo.
Que sea austero, de una profunda espiritualidad, de valores y principios arraigados. Que tenga siempre a mano una lista con sus promesas de campaña y sus anhelos de bien más profundos, para confrontarlos cada tanto y hacer un sincero examen de conciencia…
Que no esté enamorado de su propia imagen, que sepa «renunciar y morir a sí msimo» y a sus intereses mezquinos, que sepa pedir perdón, que sepa cortar a tiempo cada día con el trabajo, para descansar, rezar, reflexionar, para disfrutar sobriamente de las pequeñas cosas de la vida: la naturaleza, la familiia, la sana amistad, la oración serena.
Que tenga tiempo para jugar con los niños, para dejarse amar, para visitar a sus mayores, que no pierda la ternura, la sonrisa y la simplicidad…

Que no sea afecto a los viajes, los lujos y la «buena vida», porque seguramente usará su poder en beneficio de estos gustos que se van degenerando y haciendo cada vez más costosos, extravagantes y lejanos de la vida del pueblo.
Que tenga al lado gente de bien, amigos en serio que lo sepan corregir a tiempo, decirle las cosas «en la cara», sin tanta vuelta. Que tenga siempre a mano algún sabio para consultar, escuchar, aprender...
Que tenga bien en claro las motivaciones más íntimas de por qué entra en la política. Si es para ganar dinero, ser famoso, pasarla bien, ser reconocido, realmente se equivocó de profesión. Mejor que se quede en su casa o haga su propio emprendimiento, pero que no se arrime a la «cosa pública» que es sagrada y necesita de gente virtuosa y dueña de sí misma. Las tentaciones son muchas, por eso tiene que estar bien parado. Debería ser un lugar para los mejores, los más virtuosos, y no «una cueva de ladrones». No se puede seguir jugando con el futuro de nuestro pueblo, que ya está cansado y hastiado de tanto narcisismo y mediocridad…
Y esto mismo lo afirmamos para todo servidor público, incluidos nosotros los consagrados y religiosos…
Pidamos a Dios que surjan vocaciones de servidores públicos entusiasmados, apasionados, sobrios, austeros y sencillos, humildes, normales y cercanos, llenos de ternura y de pasión por nuestra querida Argentina. Nuestra patria lo merece










