por Matías Dalla Fontana, Psicólogo, miembro de Justicia y Paz
«¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn. 4:9)
La Encíclica Magnífica Humanitas, del Papa León XIV es liminar, certera en cuanto a potenciales bondades y riesgos en estos tiempos: “…la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas.” (141)
A los fines sintéticos, vale aquí tomar consideraciones no ya de negadores empedernidos de las bondades posibles de la tecnología -”tecnófobos”, podríamos acaso llamarles a estos- sino más bien de algunos de los propios pioneros y defensores de la I.A., con respecto a las posibles consecuencias para la vida. Jürgen Schmidhuber, científico pionero de los desarrollos de la inteligencia artificial, en una conferencia un niño le preguntó acerca del futuro del trabajo y las posibles vocaciones que a un joven le convendría optar. El científico respondió que lo que está yendo bien en cuanto a la IA es… “lo que depende detrás de la pantalla, (pero) lo que no funciona para nada, es la IA en el mundo físico… no existe ningún robot que sepa hacer con la pelota lo que un niño de 9 años… hacer cosas con las manos…” Y a la hora del consejo, el experto sugirió al niño: “…intenta ir a una escuela donde no se desentiendan de las clases de educación física… es alucinante lo milagrosa que es la mano.” El hombre, ante los peligros del sedentarismo y el aislamiento, signos propios del campo de batalla sanitario que se agravan con lo artificial, reenvía al niño al campo de batalla seguro del juego físico, de la actividad de encuentro corporal. Y remató: “Lo que nos queda es lo específicamente humano: es decir interactuar los unos con los otros…” Quizás sin quererlo concientemente, en una clase magistral concebida para abundar en las mieles de lo digital, el científico devino, paradójicamente, en profeta del juego físico, de la integralidad que presupone la consustancialidad de mente, corazón y manos.
Las estadísticas son epidémicas. Según el Estudio sobre Prácticas de Riesgo Adictivo realizado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), en el año 2024, que ofrece datos representativos, sólo uno de cada diez jóvenes (¡¡¡) presenta un comportamiento libre de riesgo en cuanto al uso del celular.
Primero, tenemos que limitar sustancialmente el uso de dispositivos hasta cierto momento de la pubertad, fundamentalmente fortaleciendo el ejercicio de la autoridad familiar indelegable, pero ayudando con ordenamientos normativos respecto de publicidad, algoritmos adictivos, billeteras sin registro de identidad, consejos de salud por parte de influencers no especializados. Segundo, condicionar el uso desde una siguiente etapa, más entrada la adolescencia, dando a nuestro Pueblo fiel, hoy sufriente, contenidos preventivos masivos basados en evidencias y no en ideologías, ni modas. Tercero, sancionar a quienes pretendan monetizar las conductas de consumo de ciertas tecnologías por parte de niños y adolescentes.
Los niños argentinos no están a la venta: Que la cultura del descarte, la mala crianza digital y las apuestas, no se combinen en una “tormenta perfecta” (Psiq. F. Pavlovsky) y que un Mundial, no implique una Desnacionalización ansiosa y depresiva, causada por la anulación de nuestros clubes, colegios, capillas, nuestra Ecología. Ser nosotros, es estar más sanos.
Seamos los conductores de nuestros propios encuentros, miremos los partidos en casa, en familia, abuelos y nietos, con amigos, apaguemos el celular dos horas, festejemos, que la fiesta es un don, salgamos como salgamos. Y si ganamos, ¡mejor!.











