Tiempo del Cuidado de la Creación: Desiertos que llegan a la ciudad

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Área de Ecología Integral – Pastoral Social

Desde el 1º de septiembre hasta el 4 de octubre, día de San Francisco de Asís, se celebra el Tiempo del Cuidado de la Creación, una oportunidad para que personas de todo el mundo reflexionemos sobre el vínculo profundo que nos une al mundo que habitamos. Impulsado por el Papa Francisco hace ya diez años, este tiempo ha sido acogido y promovido también por León XIV y por diversos referentes ecuménicos.

El Papa Benedicto XVI había afirmado que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores»[1]. León XIV retoma esta afirmación y señala que «esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros»[2].

Los desiertos no son solamente realidades geográficas; también existen “desiertos interiores”, espacios de vacío y soledad en el corazón humano. La degradación ambiental puede ser expresión de una crisis espiritual, de una desconexión profunda con el sentido de la vida y con el vínculo que nos une al Creador. Así como es necesario restaurar los ecosistemas, también necesitamos sanar nuestra aridez existencial, recuperando la esperanza, la solidaridad y el compromiso con el cuidado del ambiente.

La creación no es fruto del azar. Cada rincón de nuestro planeta, cada ser viviente, refleja el proyecto de amor de Dios, que nos ha dado este mundo como un regalo precioso. Existimos porque hay un sentido, una intención amorosa detrás de todo lo que nos rodea. El Creador no sólo nos ofrece la vida gratuitamente, sino que nos llama a participar en su cuidado, reconociendo que la naturaleza es parte de ese mensaje de amor que nos invita a vivir con gratitud y responsabilidad. San Pablo nos brinda una mirada integradora: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto” (Rm 8, 22). Es nuestra casa común, la de toda la familia humana.

El cuidado del planeta es un deber que atañe a todos[3], pero especialmente a quienes ejercen responsabilidades públicas: dirigentes, gobernantes, legisladores y jueces. Ellos tienen la obligación de tomar decisiones que protejan el bien común, promoviendo políticas que favorezcan la justicia ambiental, intergeneracional y social. Sin embargo, una cuestión tan importante no se puede delegar a otros, que muchas veces se dejan llevar por intereses espurios y negociados a espaldas de los intereses del pueblo. Cada ciudadano, puede contribuir desde su lugar con gestos sencillos pero significativos.

Vivimos en una época marcada por el paradigma tecnocrático, que prioriza la eficacia y la productividad por encima del cuidado de la casa común. Esta visión, centrada en el rendimiento y el consumo, nos aleja de la contemplación y del respeto por la naturaleza. Es necesario advertir sobre este enfoque, que puede llevarnos a olvidar que la vida no se reduce a resultados y cifras. El verdadero progreso debe incluir el bienestar de la creación[4] y de las personas, colocando el cuidado en el centro de nuestras decisiones.

El mismo León XIV en su Mensaje para este mes expresa que “El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida”.

En este año jubilar franciscano, donde celebramos los 800 años de la pascua de San Francisco de Asís, se nos hace imperioso acoger su testimonio ecológico, su vínculo familiar con la creación: el hermano sol, la hermana luna, la hermana agua.

Como humanidad nos reconocemos “sedientos de agua viva”, convocados a mirar con nuevos ojos la importancia del agua y nuestro compromiso con la vida en todas sus formas. Sin dudas, este tiempo invita a la contemplación, pero también a la acción concreta, recordándonos que cuidar la creación es una tarea urgente y compartida.

La contaminación de los océanos, mares y ríos es una de las crisis ambientales más graves de nuestro tiempo. Plásticos, productos químicos y la sobreexplotación de la pesca a gran escala están deteriorando estos espacios vitales, afectando la biodiversidad y la salud humana. Las consecuencias se hacen sentir en el acceso y la calidad del agua que utilizamos, del aire que respiramos y de los alimentos que consumimos. Es urgente promover políticas de reducción y reciclaje, así como la restauración de los cuerpos de agua, para detener este daño que amenaza nuestro futuro.

En este contexto, se vuelve también apremiante cuidar a quienes cuidan y habitan nuestros territorios desde hace siglos: los diversos pueblos originarios, que nos invitan a convertir nuestra mirada y nuestro corazón. Para las comunidades rurales, campesinas e indígenas, la tierra no es una simple mercancía ni un recurso destinado a la explotación. La tierra es, más bien, madre y hermana; es identidad, cultura, memoria y futuro. En ella se construyen vínculos, saberes, formas de trabajo y modos de habitar el mundo que se transmiten de generación en generación.

Que este tiempo de la creación sea una gran oportunidad para crecer en una cultura del cuidado, ya que como dice León en su reciente encíclica: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer” (MH 114).

Cuidemos el planeta. No tenemos otro.

31 de agosto de 2026

Area de Ecología Integral

Comisión Nacional de Pastoral Social

Conferencia Episcopal Argentina

[1] Homilía en el inicio de su Pontificado, 24 de abril de 2005.

[2] Mensaje para la “Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación 2026”.

[3] Constitución Nacional, art 41: “Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano […] y tienen el deber de preservarlo.”

[4] “La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia.” (León XIV, Magnifica Humanitas, 84)