29 de septiembre – Día de la concientización sobre las pérdidas y desperdicio de alimentos
“Tuve hambre y ustedes me dieron de comer” (Mt 25,35)
Declaración de Cáritas y del área de Ecología Integral de Pastoral Social
Hay números que cuesta imaginar: En Argentina se pierden y desperdician alrededor de 16 millones de toneladas de alimentos cada año. En 2025, mientras tanto, se registraron poco más de 20,5 millones de kilos de alimentos rescatados, equivalentes, según la estimación nacional, a unos 61,6 millones de platos.
Son números enormes. Pero detrás de ellos hay algo mucho más pequeño y concreto: una persona, una familia, una mesa, un alimento que alguien produjo con trabajo y que alguien más podría necesitar. Porque cuando se desperdicia comida no solamente se pierde comida. También se pierde el agua que hizo posible producirla, la tierra, la energía, el trabajo de tantas personas, el transporte, el esfuerzo, el dinero y las oportunidades que existen detrás de cada alimento.
Y hay algo todavía más profundo. ¿Qué nos pasa como sociedad cuando aceptamos que un alimento pueda convertirse en descarte mientras hay personas que tienen dificultades para acceder a una alimentación suficiente y saludable?
El desperdicio de alimentos no explica por sí solo el hambre. Sabemos que el hambre tiene causas económicas, sociales y estructurales mucho más complejas. Pero tampoco podemos permanecer indiferentes frente a esta contradicción.
Por eso esta cuestión no debería ser solamente ambiental. Es una cuestión social, económica, humana y también espiritual.
El Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, nos recuerda que la justicia social no consiste solamente en las acciones individuales, sino también en revisar las estructuras que organizan nuestra convivencia[1]. Nos invita a mirar primero a quienes están en situación de mayor vulnerabilidad y a entender el desarrollo humano desde la dignidad, el bien común, la solidaridad y el cuidado de la Casa común.
Eso también puede ayudarnos a mirar nuestra relación con los alimentos. ¿Qué sentido tiene producir más si primero no aprendemos a perder menos? ¿Qué sentido tiene hablar de solidaridad si permitimos que los recursos que podrían alimentar, generar trabajo o fortalecer comunidades terminen en la basura? ¿Qué sentido tiene hablar de cuidado de la Creación si desperdiciamos los bienes naturales que hicieron posible cada alimento?
Tal vez necesitamos cambiar una pregunta. Durante mucho tiempo nos preguntamos: ¿Qué hacemos con lo que sobra?
Tenemos que empezar a preguntarnos también: ¿Qué podemos hacer para que sobre menos? Prevenir. Optimizar. Recuperar. Aprovechar. Compartir. Transformar. Cada una de esas palabras puede convertirse en una acción concreta.
Una empresa puede revisar sus procesos. Un mercado puede mejorar sus mecanismos de recuperación. Un productor puede encontrar otro destino para aquello que no tiene salida comercial. Una organización comunitaria puede transformar alimentos recuperados en herramientas de autogestión. Una universidad puede medir y generar conocimiento. El Estado puede crear condiciones y políticas públicas. Los medios pueden mantener viva la conversación.
Y cada uno de nosotros puede revisar la manera en que compra, cocina, consume y valora los alimentos. Porque valorar un alimento también es valorar a quien lo produjo, a quien trabajó para que llegara hasta nosotros, los recursos de la tierra que lo hicieron posible y a la persona que podría necesitarlo.
El 29 de septiembre no debería ser solamente una fecha para recordar que existe un problema. Podría ser una fecha para preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer frente a ese problema. Quizás eso sea también una forma de vivir nuestra fe. No solamente hablando del amor al prójimo, sino preguntándonos cómo ese amor se transforma en decisiones concretas. No solamente pidiendo por quienes tienen hambre, sino buscando qué podemos hacer para que aquello que todavía puede alimentar no termine convertido en desperdicio.
León XIV lo expresó también al hablar ante la FAO: producir alimentos no es suficiente; necesitamos sistemas alimentarios sostenibles que permitan garantizar una alimentación saludable y accesible para todos[2].
Entonces, quizás el desafío sea sencillo de decir, aunque no sea sencillo de hacer: que ningún alimento sea descartado antes de haber preguntado qué podemos hacer con él. Y que ninguna persona, organización, empresa, comunidad o institución piense que este problema le corresponde solamente a otro. Porque la solución tampoco tiene un único dueño. La comida que se pierde nos interpela a todos.
Y quizás este 29 de septiembre pueda ser algo más que un día de concientización. Puede ser un comienzo. Un comienzo para mirar distinto. Para cuidar más. Para compartir mejor. Para organizarnos. Para transformar lo que hacemos. Para que el alimento vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder: el lugar de la vida, de la dignidad, de la mesa compartida y del bien común.
[1] Cfr, Magnifica Humanitas, 79.
[2] Papa León XIV, Mensaje a los participantes en el XLIV Período de sesiones de la Conferencia de la FAO, 30/6/2025.











