LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS Y LA SABIDURÍA DE HOY
Por Lucrecia Casemajor
Reflexión personal sobre el Evangelio de Lucas 12, 54-59
«Dijo también a la multitud: «Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede.
Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.
¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?
¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?
Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo».”
En primer lugar, recordemos…
Sin perder de vista las fechas y mirando la situación del hombre en el mundo de hoy, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes –donde se nos habla sobre la Iglesia en el mundo actual– el Concilio Vaticano II nos dice que “tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual”.
Asimismo, nos recuerda que “para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza”.
También expone que “Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo. El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a responder”.
Y, entre otras cosas, el Concilio define: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro”.
Un solo pulso
Las palabras del Concilio parecen haber sido escritas hoy. Y son para el hoy y para los años venideros.
Reflexionar y discernir “los signos de los tiempos” –tan mentados en nuestra Iglesia y con los que tantas frases célebres acuñamos– son responsabilidades que nos competen a todos y cada una de las personas que la conformamos, según cuan Cuerpo de Cristo nos experimentemos dentro y fuera de ella.
No es una manera de decir algo que quede en palabras escritas luego de un encuentro o retiro. No es reflexionar sesudamente durante la prédica o la homilía. No es construir un lema por parte de la autoridad o jerarquía religiosa. No es un decir que se presenta hacia fuera de nosotros, personas todas que constituimos ese Cuerpo vivo del que hablamos.
Los signos de los tiempos no son solamente el cuadrado íntimo en el que nos movemos en el lugar que vivimos o una linda frase para decir, sino una manera de mirar y ver, de vivir experimentando lo que sucede, de reflexionar las circunstancias y situaciones que vive el mundo entero.
Los signos de los tiempos abarcan lo de fuera y lo de dentro en un solo pulso. Son el latido mismo de la historia que construimos en común. Son lo que sucede y se hace historia viva en cada uno y cada una de un “nosotros con otros”.
¿Qué nos pasa?
Cuanto más conocimiento científico se expone sobre la Creación, más nos achicamos. Es decir que, al no comprender muchos de los desarrollos científicos y tecnológicos, nuestras palabras aparecen gastadas por repetir lo que creemos que ya sabemos. Es decir que no podemos traducir la pericia en sabiduría para la vida.
El Papa León XIV nos está invitando a ir hacia los acontecimientos –esos que muchas veces nos desbordan– sin prejuicios, ni mitos, ni relatos, ni discursos previos, ni misterios instruidos. A veces, somos como niños cabalgando entre el miedo y el asombro, dando rienda suelta a nuestros desvaríos estructurados para explicar lo que no queremos asumir o aquello que nos da pereza enfrentar y creyendo que, con frases memorizadas de un santo o santa de cabecera, podemos calmar conciencias y zanjar dudas.
Y muchas veces –en muchos casos y situaciones–, no podemos o no queremos aceptar la humanidad del Jesús histórico. Las formulaciones mágicas o el apelar a una trascendencia no siempre palpable en nuestra conciencia individual, suelen hacer más fáciles las respuestas.
Ser signos
Los signos de los tiempos nos interpelan, nos hacen parte de la humanidad toda, nos ayudan a salir de indiferencias, manipulaciones, enojos, ensimismamientos, soberbias, … Y nos permiten acercarnos, intimar, entender y comprender a las personas.
La Iglesia cree que “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro”. Y es en la historia de Jesús, el que vivió y caminó en esta tierra, donde encontramos la fuerza de un vivir en los signos de su tiempo, para ejercer sabiamente el cambio que las personas estaban necesitando. Con los pies en la historia, se nos hizo memoria para siempre.
Somos parte de toda la historia de la humanidad en todos los tiempos. Venimos caminando dentro de todas las generaciones que habitaron nuestro planeta por los siglos de los siglos hasta hoy. Somos descendencia.
Y somos trascendencia si de la mano de Jesús podemos manifestar “la intuición” con la que Dios habita nuestro espíritu y vivir en “la conciencia” que Él despierta en nuestro espíritu para ejercer “la comunión” con todos los pueblos, que hoy viven los mismos signos de los tiempos en cualquier lugar de la Tierra.
Somos trascendencia viva si, interpelados por los signos de este tiempo, no nos quedamos quietos, cocreamos vida en cada sitio donde caminamos, alentamos la plenitud de todos los seres y fijamos la mirada en los horizontes que siempre nos llevan hacia más allá. Para creer que se puede crear ya el Reino en la tierra, como lo dejó establecido Jesús para todos los tiempos, por los siglos de los siglos.











