Alessandra Smerilli, es una religiosa salesiana y economista italiana. León XIV la nombró prefecta del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, uno de los organismos más importantes del Vaticano. Aquí el Discurso en el Encuentro de Movimientos populares realizado el 28 de octubre de 2026 en la Universidad Católica Argentna
Queridos amigos y amigas en el Señor,
Gracias por invitarme a compartir este momento con Ustedes.
Hace unos veinte años, aquí en Buenos Aires, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio se encontró con los cartoneros. «Después de conocerlos empecé a salir de noche con ellos», contaba[1]. Lo impresionó la injusticia y la cultura del descarte que los marginaba; pero más todavía su respuesta: en lugar de resignarse, empezaron a organizarse comunitariamente, con humildad y perseverancia, construyendo desde su propia experiencia otra sociedad y otra economía. Bergoglio reconoció allí la acción del Espíritu Santo, que hace de los pobres no solo destinatarios, sino protagonistas de la misión de la Iglesia. Es la lógica misma del Evangelio: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18). Dios elige lo débil y lo descartado para confundir a los fuertes (cf. 1 Co 1,27-28), y de la piedra que desecharon los constructores hace la piedra angular (cf. Sal 118,22).
De aquella intuición nacieron, con el Papa Francisco, los Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares: un espacio de fraternidad para que los movimientos crezcan y caminen juntos, mientras la Iglesia los acompaña a través de las Conferencias Episcopales. El Papa León XIV, en el V Encuentro Mundial celebrado en Roma en octubre de 2025, en el marco de la peregrinación jubilar, lo confirmó con palabras claras: «la tierra, la casa y el trabajo son derechos sagrados»[2]; y dio a la Iglesia un mandato: «debemos acompañar a los movimientos populares. Esto significa acompañar a la humanidad, caminar juntos en el respeto compartido de la dignidad humana y en el deseo común de justicia, amor y paz»[3].
Acompañar es un verbo evangélico. Es lo que hace Jesús resucitado con los discípulos de Emaús: se acerca, camina a su lado, escucha su desánimo, les explica las Escrituras y parte con ellos el pan (cf. Lc 24,13-35). Así quiere caminar la Iglesia con Ustedes, y así se compromete a seguir haciéndolo el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Como dijo el Papa León: «la Iglesia debe estar con ustedes: una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia que se acerca, que se arriesga, que es valiente, profética y alegre»[4].
Babel o Jerusalén: ¿qué estamos construyendo?
Ustedes han querido que este Capítulo Argentina 2026 aborde también los retos planteados por el Papa León en la encíclica Magnifica humanitas: la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, una cuestión que toca también la manera en que los movimientos populares organizan su trabajo y su vida.
Para leer este tiempo, el Papa propone dos imágenes bíblicas. La primera es la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9): los hombres quieren construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo» para hacerse un nombre. La empresa parece imponente —«una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección»— pero esconde un engaño: «es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización» (MH, 7). El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Es la tentación de hoy, que el Papa llama «síndrome de Babel»: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH, 10).
La segunda imagen es Nehemías (cf. Ne 2–6). La ciudad está en ruinas, las murallas derrumbadas, las puertas quemadas. Nehemías, antes de actuar, «ayuna, reza e intercede por el pueblo»; llega a Jerusalén y examina en silencio los lugares destruidos. «No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones» (MH, 8). Y el pueblo responde: «¡Levantémonos y edifiquemos!» (Ne 2,18). La ciudad renace no por la iniciativa de uno solo, sino por la responsabilidad compartida de todos —sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes— en «una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras» (MH, 8).
Queridos amigos: Ustedes son Nehemías. Los movimientos populares nacieron precisamente así: de personas que, ante las ruinas de la exclusión, no se resignaron, se organizaron, rezaron y pusieron manos a la obra, cada una con su tramo de muralla. Por eso no es casual que el Papa, al enumerar a quienes corresponde edificar en el bien, los nombre explícitamente: «A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe» (MH, 13). Y lo hace con una palabra de san Pablo que es también la de Ustedes: ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos del mundo, «y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución: “Mi poder triunfa en la debilidad” (2 Co 12,9)» (MH, 13).
Aquí está el corazón espiritual de la cuestión. El riesgo del mundo de hoy es usar las tecnologías para una huida ilusoria de la finitud, de la fragilidad, del límite. Magnifica humanitas nos recuerda que la humanidad, «magnífica y herida», no debe ser sustituida ni superada, y que lo que la hace ser ella misma es «la capacidad de relación y de amor» (MH, 126). Ustedes lo saben por experiencia: hacen de la limitación y de la vulnerabilidad el punto de partida para construir relaciones auténticas de solidaridad y hermandad. «Ayúdense mutuamente a llevar las cargas, y así cumplirán la ley de Cristo» (Ga 6,2). Ese es el testimonio que el mundo necesita frente al individualismo y a los sueños transhumanistas de una humanidad sin límites. Por eso el Papa los ha llamado «defensores de la humanidad, testigos de la justicia, poetas de la solidaridad»[5].
Conclusión
Queridos amigos y amigas en el Señor, doy gracias a Dios por el camino recorrido juntos. Sabemos que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1): por eso, como Nehemías, antes de edificar rezamos. Y sabemos también que la ciudad definitiva no la construimos nosotros: la nueva Jerusalén es la «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2), don para toda la humanidad. A nosotros nos toca, como dice el Papa, no temer ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo, y ser «constructores de comunión, no arquitectos de Babel» (MH, 16).
Les encomiendo a María, Auxilio de los Cristianos, que en el Magníficat cantó al Dios que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52). Que Ella nos ayude a ser auténticos artífices de esperanza, para que el Reino de su Hijo tome forma en nuestros corazones y podamos dar testimonio de la «belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios» (MH, 245).
[1] Francisco, Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor, Plaza & Janés, 2020.
[2] León XIV, Discurso a los participantes en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Aula Pablo VI, 23 de octubre de 2025.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] León XIV, Discurso a los participantes en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, cit.











