El Área de comunicación de Pastoral Social entrega cada semana un reflexión con el fin de iluminar diferentes temas que ayudan a la convivencia y participación ciudadanas.
Agradecemos esta semana la colaboración de Silvia Bulla, presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas (ACDE), entidad fundada por el venerable Enrique Shaw.
Cada vez que durante su pontificado tuvo la oportunidad de dialogar con nosotros, los empresarios cristianos, Francisco volvió al mensaje de Jesús en la parábola de los Talentos (Mateo 25). Sus palabras fueron siempre muy claras y nos siguen inspirando: nos pidió que no escondamos nuestros talentos, que invirtamos, que no nos dejemos tentar por la especulación y pongamos nuestro saber, nuestra vocación al servicio de todos. Así, sostenía Francisco, podrá realizarse esa noble responsabilidad empresarial, una “vocación» orientada a la producción de riqueza y al mejoramiento del mundo para todos. Es que, a través de la innovación, de la creación de empleos, los empresarios estamos llamados a estimular el desarrollo de la comunidad y, en especial, a contribuir a la superación de la pobreza.
De este modo, definiendo claramente el sentido de nuestra función, podemos los empresarios pensar nuestro rol en la sociedad. Y en este punto quiero ser clara. Los empresarios no debemos venir a “hacer un aporte”, como quien da una contribución, estamos llamados a construir una sociedad mejor. Y una sociedad mejor es una sociedad que integre, no que excluya; que preserve nuestra casa común para las próximas generaciones, no que la exprima. Hacia adentro de las empresas, este mensaje se traduce -en palabras de quien fuera el fundador de nuestra asociación, el venerable siervo de Dios, Enrique Shaw- en respetar la trayectoria de vida de los trabajadores, para que todos podamos insertarnos positivamente en un entorno social integrado.
Por estos días y en especial tras las elecciones nacionales comienza a discutirse la posibilidad de avanzar en reformas estructurales, importantes para el país. Desde muchos sectores, no solo el empresario, entendemos que los marcos legales que rigen la vida laboral, los impuestos y el sistema previsional, entre otras cuestiones, deben ser revisados. También creemos que el esfuerzo de articulación para estos cambios debe orientarse a facilitar la inversión, la inclusión laboral y garantizar jubilaciones y pensiones dignas.
Por eso es importante que la discusión sea abierta y participativa. Para lograr que esos objetivos se alcancen, es necesario que puedan escucharse todas las voces y ser tenidas en cuenta todas las demandas, en particular la de trabajo digno. Francisco veía la creación de empleo digno como un servicio esencial al bien común, como un elemento central en la lucha contra la pobreza. Argentina hace muchos años que no genera empleos de calidad, por el contrario, expulsa trabajadores del mercado laboral formal y los condena a la falta de protección. Sin incentivos adecuados para las empresas, son contados los casos en que esas personas pueden recuperar a un empleo registrado. La consecuencia es el dolor de la exclusión.
En este contexto recibimos con emoción las palabras del Santo Padre, León XIV, que en una trascendente carta a los empresarios en ocasión de la última conferencia de la UIA nos invita a seguir el ejemplo de nuestro fundador, el venerable siervo de Dios, Enrique Shaw y pensar la actividad empresaria dentro del “proyecto de amor que Dios tiene para cada ser humano”. Y nos conmina a seguir el “ejemplo luminoso y cercano de Enrique (…) cuyo liderazgo se distinguió por la transparencia, la capacidad de escucha y por el empeño para que cada trabajador pudiera sentirse parte de un proyecto compartido”.










