Justicia alimentaria: que ningún niño se quede sin pan en la mesa
Por Sandra Barrionuevo Presidenta de la Subcomisión de Mujeres y Juventudes – Comisión de Justicia y Paz, Conferencia Episcopal Argentina
Hay una escena del Evangelio que me acompaña desde hace mucho tiempo. Jesús está frente a una multitud cansada y hambrienta. Los discípulos, con la lógica de siempre, le dicen que despida a la gente para que cada uno se las arregle como pueda. Y Él responde con una frase que sigue interpelándonos: «Denle ustedes mismos de comer» (Mc 6,37).
No es una sugerencia. Es un mandato. Y es, sobre todo, una manera de entender qué significa construir la paz. Porque la paz empieza en la mesa: cuando un niño desayuna antes de ir al colegio, cuando una madre puede llenar la olla sin angustia, cuando una familia se sienta a compartir lo que tiene sin tener que elegir entre comer o pagar la luz.
Hoy, en muchos hogares de nuestro país, eso está rota. Y los datos lo confirman con una crudeza que no podemos esquivar. Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, durante 2025 el 28,8% de los niños y adolescentes atravesó situaciones de inseguridad alimentaria y un 13,2% padeció hambre en su forma más severa.
Pero el dato más doloroso es el de la desigualdad: un niño del estrato más pobre tiene 28 veces más probabilidades de pasar hambre que uno del estrato más acomodado. Y la geografía profundiza la herida: mientras en la Ciudad de Buenos Aires el hambre infantil severa es un fenómeno marginal (1%), en el Conurbano bonaerense afecta casi al 18% de las infancias.
Como contrapartida, la asistencia alimentaria de comedores, escuelas y Tarjeta Alimentar alcanzó un récord histórico del 64,8%: 2 de cada 3 niños dependen hoy de alguna forma de asistencia para alimentarse. En el Conurbano, esa cobertura llega a más del 70%. La red de protección ha crecido, sí, pero ese crecimiento es la radiografía de algo más profundo: que el trabajo y el ingreso ya no alcanzan para garantizar la comida en muchos hogares argentinos.
El aumento reciente de la Tarjeta Alimentar, después de casi dos años sin actualizarse, ayuda. Pero seamos honestos: una ayuda que llega tarde y que apenas acompaña los precios no resuelve el problema de fondo. Tenemos que sentarnos a pensar entre todos cómo darle una solución real, y no seguir corriendo detrás de la urgencia.»
Detrás de cada porcentaje hay un nombre, una historia, una mesa familiar. En los barrios, en los comedores, en las parroquias, vemos todos los días lo mismo: mujeres que se saltean comidas para que coman sus hijos, jóvenes que llegan a estudiar sin haber desayunado, abuelas que ya no llegan ni con la jubilación a ayudar a sus hijos y nietos como antes. Como mujer, como trabajadora, como referente sindical y como miembro de la Comisión de Justicia y Paz, no puedo mirar para otro lado. La justicia alimentaria es la base material sobre la que se construye cualquier otra justicia posible.
La pregunta que nos hacemos es la misma que se hacían los discípulos: ¿cómo damos de comer a tantos? Y la respuesta del Evangelio sigue siendo la misma: con lo que tenemos, puesto en común.
Eso quiere decir muchas cosas concretas. Quiere decir fortalecer las redes territoriales que sostienen la vida cotidiana en los barrios, esos comedores, merenderos, parroquias y organizaciones sociales y sindicales que muchas veces son lo único que hay entre una familia y el hambre. Quiere decir articular con el mundo del trabajo, porque la mejor política alimentaria sigue siendo un empleo digno que le permita a cada familia comprar su comida. Quiere decir sostener y mejorar la asistencia donde haga falta. Y quiere decir, sobre todo, sentarnos juntos, el Estado, las empresas, los sindicatos, las organizaciones sociales y la Iglesia, para ponernos de acuerdo en algo tan básico como que ningún chico se quede sin comer.
Y nada de esto se puede pensar sin reconocer y acompañar a las mujeres. A esas mujeres que sostienen sin descanso, sin reconocimiento y muchas veces sin nadie que las mire, el cuidado y la alimentación de millones de hogares argentinos.
«Denle ustedes mismos de comer.» Hoy esa frase nos sigue mirando a los ojos. Y nos sigue pidiendo respuesta.











