Giampaolo Mattei
Presidente de Athletica Vaticana
Nunca conviene perderse en palabrería. Y cuando se habla de deporte, son los hechos, las historias y los testimonios los que permiten construir relaciones y proyectos. Es inútil —como sugiere la experiencia sobre el terreno— trazar esquemas o planes preestablecidos. Las historias concretas del deporte, en particular la actividad de los deportistas con discapacidad, constituyen una «provocación» solidaria que enciende la chispa de la inclusión, basada en la atención y no en el pietismo ni en la compasión.
Si hablamos de justicia y de paz, la primera preocupación en el deporte es precisamente garantizar la plena dignidad para todos, incluidas las personas con discapacidad física y, sobre todo, intelectual y relacional.
Además, es profundamente errónea —en mi opinión— la idea de hablar de «deporte y fe» o «deporte e Iglesia» como si se tratara de un diálogo entre dos realidades distantes (incluso «opuestas») que hay que hacer coincidir. La experiencia de la fe, la experiencia de ser Iglesia, ya está viva entre las mujeres y los hombres del deporte.
Y he aquí, pues, algunas historias muy concretas. Retrocedamos en el tiempo para intentar avanzar. «La noticia» no es que en el Vaticano se celebraran —entre 1905 y 1908— «campeonatos mundiales» de atletismo y que, los domingos, las parroquias romanas organizaran competiciones deportivas en presencia del papa San Pío X. «La noticia» es que, a principios del siglo XX, competían en el Vaticano 2 000 atletas. Algunos con discapacidad física. Cuarenta años antes del inicio del movimiento paralímpico, que surgió de entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial y acogió los primeros Juegos Paralímpicos oficiales en Roma en 1960.
En septiembre de 1908, en el Vaticano, había atletas amputados como Baldoni, que compitió en las pruebas de velocidad (la victoria fue para Irlanda, por cierto). Había atletas sordos y, en el salto de altura, nueve jóvenes invidentes del Instituto romano Sant’Alessio (que sigue abierto). El ganador, Cittadini (que saltó 1 metro y 10 centímetros), fue entrevistado por el periodista de «L’Osservatore Romano». Quizá los Juegos Paralímpicos nacieron precisamente en el Patio del Belvedere del Vaticano, transformado en una extraordinaria pista de atletismo, ante el papa Sarto y el cardenal secretario de Estado Rafael Merry del Val. Y a quienes le preguntaban «¿adónde vamos a parar?» —al ver a los atletas correr por los Jardines Vaticanos—, san Pío X respondió en dialecto veneciano: «¡Querido elo, al paraíso!».
«L’Osservatore Romano» siguió en 1908 aquellas competiciones internacionales de atletismo (ya lo había hecho en la primera edición, en octubre de 1905, que también se celebró en el Patio de San Dámaso) como si fuera… «La Gazzetta dello Sport»: clasificaciones, comentarios, entrevistas e incluso fichas técnicas sobre el equipo médico del Fatebenefratelli (con diagnósticos de los lesionados incluidos), las notas de servicio para los 2.000 atletas y para la Guardia Suiza y la Gendarmería, que se turnaban para dar la bienvenida a los deportistas, incluso con sus bandas de música, hasta el punto de facilitar información a la Puerta de Bronce cuando algunas pruebas se aplazaron por la lluvia. Y las palabras del Papa, acompañadas de una foto, en primera página.
Al igual que en la época de las competiciones «inclusivas» impulsadas por San Pío X, también hoy el movimiento paralímpico avanza, día tras día, en la promoción de una percepción diferente de la discapacidad. La cada vez mayor cobertura mediática de los eventos deportivos paralímpicos favorece, además, una nueva toma de conciencia y estimula reflexiones muy valiosas tanto sobre el papel social del deporte como sobre el propio concepto de «capacidad».
El objetivo del movimiento paralímpico no es solo celebrar un gran evento o repartir medallas: lo fundamental es demostrar con hechos (y no solo con palabras) lo que los atletas —a pesar de haber sufrido graves lesiones en la vida— son capaces de lograr cuando se les dan las condiciones para hacerlo. Y si esto es válido para el deporte, con mayor razón debe serlo para la vida social.
Sí, no solo en el deporte —que, sin embargo, ayuda por su capacidad para comunicar y despertar emociones— las personas con discapacidad deben tener, por una cuestión de justicia, las condiciones necesarias para expresar lo que son capaces de hacer. Creando igualdad de oportunidades. Reconociendo conscientemente los límites de la discapacidad (que existen), pero fijándonos también en el enorme potencial que cada uno puede expresar. Si tiene la oportunidad, claro está.
El deporte puede ayudar a fomentar la comprensión de la discapacidad hasta el punto de aceptarla como un recurso. Ver las habilidades de un deportista paralímpico de alto nivel despierta inevitablemente la curiosidad, lleva a preguntarse: Pero, ¿cómo es capaz de realizar esos movimientos, con esas prótesis o sin una pierna? Y si se puede hacer en el deporte, ¿por qué no en una oficina o en un aula? A través del deporte se puede —y se debe— fomentar la conciencia necesaria para cambiar la percepción de la discapacidad en el día a día de una familia, de un colegio, de un lugar de trabajo o de cualquier entorno de la vida social.
Sí, estamos lejos de reconocer que el deporte debería ocupar un lugar prioritario en las agendas políticas, para invertir en las personas.
El deporte, más que cualquier otra experiencia humana, representa una «medicina social» para ayudar a muchos jóvenes con discapacidad a emprender —o a retomar— la gran «maratón de la vida». Se llama «resiliencia». Y a un deportista paralímpico no hace falta explicársela. Recuperando también el concepto deportivo de la «asistencia»… el asistencialismo debería ser esa experiencia de personas que se ayudan unas a otras. Así es como el concepto de asistencialismo puede interpretarse de forma positiva.
No es retórica afirmar que, si hacemos cuentas (de la vida), no hay diferencia entre el deportista de alto nivel y «la base», es decir, quienes practican un deporte para no quedarse encerrados en casa. Los campeones que ganan medallas y establecen récords son ejemplos que atraen a quienes aún deben encontrar el valor para poner en práctica su resiliencia.
Puede parecer incluso obvio señalar lo que significa para tantos jóvenes que están en una cama de hospital —o «encerrados» en su propia habitación— Ver a deportistas con discapacidad lograr grandes resultados deportivos. Y llegar, tal vez, a decirse a uno mismo: «¡Quizá yo también pueda hacerlo, quizá pueda conseguirlo!».
Por eso —hablando en el ámbito del deporte de élite— los Juegos Paralímpicos son incluso «más» que los Juegos Olímpicos, más allá del sufijo griego «para», elegido para dejar claro que son lo mismo y están al mismo nivel. Al dar la oportunidad de expresarse a los deportistas paralímpicos de alto nivel, se pone en marcha un «círculo» virtuoso que abarca al niño excluido por ser «diferente». En definitiva, «una imagen espléndida de cómo debería ser el mundo», como ha señalado el papa Francisco.
La verdadera victoria de la «familia paralímpica» sigue siendo la capacidad de crear comunidad para generar, precisamente, este movimiento que involucra tanto a los campeones como a esos niños que hoy tienen dificultades para dar un paso o levantar un brazo. Y que se avergüenzan de mostrarse frágiles. Por no hablar de aquellos que tienen un retraso cognitivo… En todo esto, el papel del servicio eclesial puede ser extraordinario.
Y aquí entra en escena también Athletica Vaticana. Relanzando la visión de poder ser verdaderamente «todos hermanos» en las calles, en los campos, en las pistas, en los gimnasios. Para vivir el deporte como una oportunidad de encuentro, de convivencia, de diálogo con todos, de amistad que se convierte en fraternidad. Un servicio especialmente importante, incluso decisivo, en una sociedad atravesada por guerras, tensiones, divisiones, miedos e injusticias. Porque el deporte, si se vive en su alma y preservando su carácter gratuito y su noble espíritu «amateur» —como sugiere el papa Francisco—, podría no solo dar esperanza, sino incluso prevenir los conflictos, tanto grandes como pequeños.
Para el «equipo del Papa», la misión es clara: promover con hechos y en las calles la cultura popular del deporte —un lenguaje universal comprensible para todos— entre la solidaridad y la inclusión. Porque el deporte es un derecho de todos y ayuda a vivir «mejor», como experiencia social de comunidad. Y para que nadie se quede atrás ni solo. Al estilo de los ciclistas que siempre esperan a su compañero rezagado —por cansancio, por una caída o por una avería en la bicicleta— para acompañarlo de nuevo, juntos, en grupo.











