Los Palotinos: Testigos de la Fe | Conmemoración y Homilía de Monseñor García Cuerva

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A 50 años de la llamada «Masacre de San Patricio» se celebró una Misa en la Parroquia en donde fueron asesinados los 5 palotinos presidida por Monseñor Dante Braida, referente de Pastoral Social. Monseñor García Cuerva, Arzobispo de Bueños Aires, pronunció la homilía. Estuvieron en la conmemoración un grupo importante de laicos, varios obispos, sacerdotes, miembros de la Comunidad Palotina, representantes de Justicia y Paz y de la Casa de la Memoria de Chamical en donde se recuerda a los mártires riojanos. 

Alfredo Leaden, Pedro Duffau, Alfredo Kelly, Salvador Barbeito y Emilio Barletti encontraron su alivio en los brazos del Padre, siendo testigos de la paz y la justicia, coherentes en la entrega hasta el final.

Alfombra sobre la que asesinaron a los tres sacerdotes y dos seminaristas

Homilía de Monseñor García Cuerva

En medio del desorden reinante en su habitación después del crimen, se encontró la última homilía del padre Pedro Dufau escrita para la misa de la mañana de aquel trágico 4 de julio de 1976. Allí decía: Si Dios permanentemente habla en la historia de los pueblos y de cada hombre, no es menos cierto que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo.[1]

 Y en este aniversario que nos estruja el alma, la liturgia, que nunca es casual, nos regala estas palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré». (Mt 11, 28). Y las queremos escuchar, y las queremos reflexionar, y las queremos rezar, y las queremos vivir.

 En 1976 el agobio era el miedo, la persecución, el silencio impuesto. Los palotinos estaban agobiados, sí, pero no por el desánimo, sino por el peso del dolor de su gente, y entonces, eligieron no mirar para otro lado; decidieron cargar con las aflicciones de una Argentina que se desangraba.

 Su «delito» fue pregonar el Evangelio a destiempo, defender la vida y la dignidad humana. La alfombra roja manchada de sangre nos recuerda el costo de esa fidelidad. Cinco vidas, tres sacerdotes y dos seminaristas, que esa noche de julio vieron “interrumpida” su entrega por el odio y la violencia ciega. Y no fue la muerte de individuos aislados; fue el testimonio de una comunidad, de una fraternidad que incomodó al poder de turno porque vivía el Evangelio sin anestesia. Siempre recordaremos las palabras del entonces cardenal Bergoglio: “juntos vivieron y juntos murieron”.[2]

Sector de la Parroquia San Patricio en el Barrio de Belgrano, Bs As con homenajes a los 5 palotinos

Medio siglo de una herida que sigue doliendo en el cuerpo de nuestra Iglesia y en el corazón del barrio de Belgrano. No queremos hacer un frío ejercicio de memoria histórica, sino hacer memoria viva, porque cincuenta años después, el agobio a veces se disfraza de impunidad, de olvido, o de una sociedad que parece haber perdido la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento del otro. Justamente el Papa León XIV dice: en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste, a veces bien enmascarada, una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano.[3] Luego, Jesús en el evangelio nos dice: Y yo los aliviaré (Mt 11, 28)

Los cinco palotinos entendieron que el verdadero alivio no era la indiferencia de quien se encierra a ver la realidad por los medios de comunicación; porque el alivio que promete Jesús se experimenta cuando, aún cansados, entregamos la vida por una causa más grande que nosotros mismos. Alfredo Leaden, Pedro Duffau, Alfredo Kelly, Salvador Barbeito y Emilio Barletti encontraron su alivio en los brazos del Padre, siendo testigos de la paz y la justicia, coherentes en la entrega hasta el final.

Y nosotros, ¿dónde buscamos el alivio?, ¿dónde buscamos alivio a nuestros propios agobios? ¿acaso en la grieta que nos separa, juntándonos sólo con quienes nos confirman en lo que creemos y nos aseguran en nuestras ideas? o tal vez, ¿en el individualismo que nos aísla y nos serena artificialmente frente al clamor de los que sufren?

Monseñor Braida con miembros de la Casa de la Memoria en Chamical

La sangre de los cinco testigos de la fe nos grita que el único alivio fecundo nace de la reconciliación fundada en la verdad y la justicia. No hay descanso para una sociedad si no sana las heridas del pasado con la mirada de Dios. No nos podemos quedar de brazos cruzados llorando el pasado. Que el dolor se transforme en profecía porque su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas.[4]

 Y en la primera lectura de la misa de hoy, Dios, a través del profeta Zacarías, nos vuelve a hablar y nos anuncia: ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno. (Zac 9, 9) ¡Qué paradoja! En un mundo obsesionado con la guerra, con el poder del más fuerte, con imponer las ideas a través del miedo y las armas, Dios nos presenta a un Rey desarmado. El versículo 10 es tajante: Él suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será quebrado, y proclamará la paz a las naciones.

(Zac 9, 10)

[1] DUFAU, Pedro, Última homilía, en Testigos de la fe en Cristo con la palabra y con la sangre, Buenos Aires 2023

[2] BERGOGLIO, Jorge, Homilía, Buenos Aires 2001

[3] LEÓN XIV, Exhortación apostólica Dilexit te 11, Ciudad del Vaticano 2025

[4] LEÓN XIV, Carta encíclica Magnifica humanitas 125, Ciudad del Vaticano 2026