Lucía Fainbom, Federico Álvarez Larrondo, y Matías Dalla Fontana participaron del panel “Poder digital y cuidado de la persona humana”, donde reflexionaron sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la dignidad, los vínculos y la vida social.
Frente al avance de la inteligencia artificial y de nuevas formas de tecnología, el desafío no es solamente establecer qué herramientas pueden utilizarse, sino cómo cuidar la dignidad humana en una sociedad atravesada por transformaciones cada vez más profundas.
La reflexión advirtió sobre procesos de “desubjetivación” que pueden reducir a las personas a objetos de intercambio, datos o posiciones dentro de sistemas de competencia. Incluso dinámicas aparentemente cotidianas pueden contribuir a construir al otro desde la comparación: quién está arriba, quién está abajo, quién gana y quién pierde.

Frente a esa lógica, se planteó la necesidad de recuperar procesos que permitan volver a reconocer a cada persona como sujeto, con historia, vínculos, autonomía y capacidad de decidir. La dignidad no fue presentada como algo estático, sino como una realidad que necesita ser construida, reconocida y protegida permanentemente.
Una responsabilidad también institucional
Ese cuidado requiere respuestas tanto en el plano cotidiano como en el institucional. Por un lado, recuperar espacios de diálogo, encuentro, educación y participación. Por otro, contar con una arquitectura institucional y legislativa capaz de estar a la altura del poder económico y tecnológico de las grandes corporaciones.
Pero también se advirtió que ninguna ley, por perfecta que sea, puede resolver por sí sola los desafíos de una sociedad si permanece alejada de la vida concreta del pueblo. Las instituciones necesitan estar conectadas con la realidad y nutrirse de una participación ciudadana permanente.
En este punto, la reflexión propuso tender un puente entre la estructura institucional y la “artesanía” cotidiana de la vida social: las familias, las comunidades, las organizaciones y los espacios donde las personas construyen vínculos y ejercen su ciudadanía.
Recuperar la integralidad de la persona
El desafío supone, además, recuperar una mirada integral del ser humano, evitando reducirlo a un objeto, un dato o una pieza dentro de sistemas cada vez más abstractos.
La familia y las instituciones que la rodean fueron señaladas como espacios fundamentales para esa construcción, junto con la educación, el diálogo y la participación. En todos estos ámbitos se juega la posibilidad de que la tecnología amplíe las capacidades humanas sin terminar reemplazando la autonomía y el discernimiento.
Así, frente a una transformación que avanza con enorme velocidad, la pregunta de fondo vuelve a ser política y humana: cómo lograr que la arquitectura institucional, el desarrollo tecnológico y la vida cotidiana vuelvan a encontrarse en torno a la persona y al bien común.
El desafío planteado es, en definitiva, reconciliar la política con la realidad y construir una sociedad donde ninguna innovación haga olvidar aquello que debe permanecer en el centro: la dignidad integral de cada persona y su capacidad de participar en la construcción de la comunidad.













