La Jornada del 5 de septiembre de la Semana Social terminó con la Misa presidida por Monseñor Colombo. Compartimos su Homilía
Queridos hermanos,
Estamos felices de compartir la Eucaristía en esta larga jornada de reflexión e intercambio de experiencias, proyectos y sueños para la pastoral social de nuestra patria con la participación de obispos, sacerdotes y fieles de todo el país, representando a sus diócesis y realidades asociativas.
La primera lectura nos pone en guardia frente al tema del mal y la posibilidad real que tenemos como hijos de Dios de intervenir frene al mal para frenarlo. La expresión “el malvado” como destinatario del reproche profético, nos hace notar que una persona actúa el mal y contradice lo que Dios quiere de nosotros. Se destaca la obligación moral que tiene el profeta de llamarle la atención sobre lo que está mal y no debe seguir haciéndose.
El profeta está impulsado por Dios y resuena en su corazón la urgencia de actuar; lo hace de tal manera que muchas veces le va la vida en ello; pero hacerlo es parte de la misión que Dios le ha conferido. Con este texto, no sólo pensamos en los profetas del Antiguo Testamento, sino también en aquellas personas que a lo largo de la historia humana han debido testimoniar ante la sociedad cuanto estaba mal y qué cambios debían hacerse para seguir profundizando el daño. Esta tarde hemos recordado a los mártires riojanos. En particular, la voz de Mons. Enrique Angelelli que en un momento de la historia argentina anunció a Jesucristo a su pueblo poniéndolo como testigo de los afanes, de los dolores y los sufrimientos de su pueblo riojano. Y sabemos el precio enorme de dar la vida por eso que él había realizado en favor de su pueblo. Así también tenemos otros testimonios de los mártires que han pagado con su vida dar precisamente esa palabra enérgica, vibrante, en favor de la verdad, del bien, de la justicia.
En el Evangelio Jesús afronta el tema del mal, pero se va a referir especialmente al mal actuado y padecido en la vida de la comunidad cristiana. Ya no se habla del “malvado” en abstracto, sino en el hermano. “Si tu hermano peca…” comienza diciendo Jesús, que, con su vida y entrega, nos hizo hermanos suyos y entre nosotros. A partir del pecado del hermano, hay una invitación a vivir una verdadera pedagogía de la corrección fraterna con sus pasos imprescindibles para darle a quien peca, la posibilidad de enmendarse, de cambiar. Esta pedagogía de la corrección fraterna es inevitablemente contracultural porque vemos el modo que tenemos de agraviarnos, insultarnos, ofendernos; todo ello ampliado, potenciado, por el empleo de redes y otros medios de difusión, antes que la paciencia artesanal de ayudar al que ha errado, a volver sobre sus pasos y cambiar. Le quitamos así la chance de cambiar el camino, de mejorar, de ser otro.
Esa pedagogía comunitaria de la corrección fraterna, del cambio de la persona, del cambio de los vínculos nos recuerdan el trabajo del sínodo de la sinodalidad, que asumió con claridad que la conversión de las relaciones, los vínculos y las estructuras, constituye hoy una tarea imprescindible para la Iglesia, una exigencia para vivir a fondo nuestra misión de bautizados.
Pero, además, el Evangelio nos ayuda a comprender mejor el poder que Dios le da a la comunidad apostólica. Jesús en este evangelio, extiende a la comunidad de los apóstoles lo que antes ha dicho a Pedro, el poder de atar y desatar, de actuar y trabajar en su nombre. Es muy impactante ese pasar del diálogo con Pedro en los evangelios anteriores, en los domingos anteriores a ese nosotros más grande, que es la comunidad apostólica, que es la Iglesia. Y todavía más fuerte es el poder que nos da la expresión de Jesús de pedir en su nombre, de reunirnos en Él para hacer cosas, para transformar el mundo por amor.
Creo que es un evangelio que nos esperanza, comienza indicándonos un itinerario de corrección fraterna para después alentarnos a imaginar una comunidad restablecida, fortalecida; se trata de una comunidad que anuncia a Jesucristo, muerto y resucitado por amor a los hombres, una comunidad con el poder que le da ese amor del Señor. Imaginaba este Evangelio entonces aplicado a la Iglesia en la Argentina, imaginaba este Evangelio para nosotros en las distintas regiones del país en las distintas realidades y contextos en un mundo tan polarizado, tan fragmentado y cómo podemos ser fermento de unidad para decir algo nuevo con la frescura del amor de Dios para los hombres.
Nosotros recién enviábamos a los jóvenes que hicieron la diplomatura y los alentaba a ser animadores de la profecía social. Así nos hablaba el sínodo de la Iglesia con todos sus dones en relación con el mundo, donde la gente no habla, no dialoga, se pisa, se descalifica, se cancela, se niega. Estamos invitados como Iglesia, con este poder del nosotros que viene de Dios, a ser capaces de transformar la realidad de nuestra patria desde estas experiencias que nos alientan, nos convocan y nos hacen capaces de cosas siempre más y más hermosas. Gracias por todo lo vivido en estos días de encuentro con Dios y con los hermanos, en este itinerario de formación permanente en clave de compromiso social. Que Dios los bendiga mucho y que podamos seguir todavía en el tramo de semana social que nos falta, interiorizando la fuerza de Cristo en nuestros corazones.

















