Desde una desnacionalización depresiva hacia nuevos pactos para la paz.
«No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida…” (Camus)
En esta Columna de reflexión dominical, el Licenciado Matías Dalla Fontana nos habla de la «epidemia» del suicidio
¿Qué se desoculta con el suicidio? En el film Venom, protagonizado eficazmente por el inglés Tom Hardy, cae a la Tierra un simbionte que, requiriendo adherirse a un huésped para sobrevivir, se fusiona con el periodista Eddie Brock. El transcurso de la película es la lucha por las dos identidades para ver cuál predomina. La entreverada entidad licuada y viscosa, tiende alternativamente a exteriorizar, una personalidad asentada por momentos en el simbionte y por momentos en el hombre auténtico. Es una sugestiva imagen para pensar algunas de nuestras epidemias actuales.

Resulta evidente en estas décadas que cuando está presente la Argentina del abrazo, del juego gratuito, de la mesa familiar, de la cultura del trabajo, de la educación gratuita que habilita a la movilidad social ascendente, ceden el sedentarismo, la soledad y la “rapidación” de la que nos habla Francisco. Y, en inversa proporción, ceden la obesidad infantil, así como los cuadros ansioso y depresivos. En cambio, cuando predomina la globalización del descarte, una cultura ajena se posa impidiendo denodadamente la libre expresión de nosotros: sembrando aislamiento, quiebre de la autoridad familiar asentada en un trabajo digno, colonización tecnológica, apuestas, salida de los chicos de los clubes. Y los cuadros ansioso depresivos y las patologías predominan hasta escalar epidémicamente. Methol Ferré hablaba al respecto de un hedonismo de masas.
El Pueblo Fiel del que nos habla la teología del pueblo, es una categoría que nos puede auxiliar también, para reconocernos, en una estrategia sanitaria de salida de esta epidemia, porque esta crisis no hunde sus raíces en la orgánica del vivir popular. La desvalorización de la vida como primer principio, la sustitución del trabajo por alicientes, que son auxilio en emergencias, pero sumen en la pasividad, la proliferación de la banalización de la droga y de las redes sociales como experimento materialista masivo, a modo de derrame ecológico barrial, contra las capacidades neurológicas infantiles y adolescentes, no nacen de nuestra cultura propia.
Una viñeta clínica: En un pueblo pequeño del interior de la provincia de Santa Fe, que creció nostalgiosa y gregariamente sobre las desmanteladas estructuras ferroviarias, planteé como consigna a los alumnos secundarios un interrogante sobre qué significado otorgan ellos mismos a la palabra Nación. La respuesta sincera fue que lo entienden como algo “partidario”, “político” en la más excretora de las semánticas. Es decir: Jóvenes signados por la lógica de la inmediatez, manifiestan todos los desórdenes clínicos del orden de lo ansioso-depresivo, están fuera de la posibilidad habilitante que implica en lo mental una historia colectiva, cercenados en la autoestima de la potencia de una significación no inmediatista, que implica la filiación en un continente común como es una nación. La participación en la tarea anímica de un orden común -y la tarea de una nación lo es- reporta como bien añadido cierta deposición de la propia violencia. El mismo Freud enuncia: “Cada individuo ha cedido un fragmento de su patrimonio, de la plenitud de sus poderes, de las inclinaciones agresivas y vindicativas de su personalidad; de estos aportes ha nacido el patrimonio cultural común de bienes materiales e ideales”[1]. Tal vez un incorrecto entendimiento de las pequeñas tendencias pedagógicas de estas últimas décadas, supuso que las identificaciones con modelos como San Martín o Rosas, o la disciplina física, como un mero chauvinismo. Esta defección está en línea con el caldo de cultivo que conduce a la desmalvinización, por otra parte. Como si en su fuero íntimo operara el guión: “Si la grieta partidaria usa lo nacional para usarnos a nosotros, me salgo de la nación.”
Necesitamos resolver, aún con tensiones pero sin divisiones estériles, el acuerdo esencial sobre cómo hacer realidad efectiva -con normas, recursos y control- que un niño duerma 8 horas, aprenda, coma tres veces al día suficientes proteínas, se cruce al club que tiene a dos cuadras de su escuela, juegue y entrene, vuelva a su casa. Y todo esto enmarcado en un destino abarcativo. ¿Es la solución total cuando el sistema productivo destruye empleos para sus padres? Obviamente que no. Pero lo pone indudablemente en mejores chances instalando los montantes psíquicos para su movilidad social ascendente potencial. Hablamos de una nación como continente abierto de sentido, de salud existencial, jamás eugenésico, ni abortivo de la solidaridad, ni excluyente.
Una comunidad con historia fortalece la autoestima cuando el adolescente es conciente de una finalidad que lo trasciende.
[1] El porvenir de una ilusión» (Die Zukunft einer Illusion), 1927.











