Todos, todos, todos (parte 2)
Por Cecilia Becedillas, Socióloga
En estos días leí “Todos, todos, todos” de Ángeles Furlani y me quedé pensando especialmente en una palabra: “debilidad”.
Muchas veces llamamos “débil” a quien, en realidad, está más expuesto o más atravesado por las exigencias de esta sociedad: rendir constantemente, sostenerse solo, no quebrarse nunca, seguir funcionando aun cuando algo interno ya no puede más.
Desde una mirada sociológica, creo que ciertas dinámicas contemporáneas producen fragilidad y también silencios. Vivimos en una cultura que premia la autosuficiencia, la productividad y la fortaleza permanente, dejando poco espacio para reconocer el cansancio, el dolor o la incertidumbre. Entonces, aquello que se muestra vulnerable suele ser leído como falla individual, cuando muchas veces es el síntoma de un malestar mucho más colectivo.
Pero también pienso esto desde un lugar espiritual.
Jesús se acercaba a los considerados ‘debiles’ y nunca los avergonzaba, al contrario, les devolvía valor y lugar.
Tal vez la debilidad no sea únicamente carencia o fragilidad. Tal vez sea uno de los lugares más profundamente humanos. Porque es ahí, en el límite, donde aparece la necesidad del otro, del cuidado, de la empatía y de la comunidad. La vulnerabilidad rompe la ilusión de que podemos solos con todo.
Quizás el problema no sea ser débiles. Quizás el verdadero problema sea vivir en una cultura que no sabe qué hacer con la vulnerabilidad y que, en lugar de escucharla, intenta esconderla o corregirla rápidamente.










