Fuente: Diócesis de La Rioja
El 17 de julio se celebró en la Catedral de La Rioja la Memoria Litúrgica de los Beatos Mártires Riojanos. La misa fue Presidida por el Arzobispo de Córdoba, Monseñor Ángel Rossi quien en su Homilía expresó lo siguiente:
Escuchando las bienaventuranzas, se dice que cuando Jesús proclamó las bienaventuranzas, firmó su sentencia de muerte. El mundo, o quienes viven según el mundo, no iban a soportar que alguien se anime a llamar felices a estas realidades, ciertamente, tan de contramano de lo que el mundo, que tiene también sus bienaventuranzas, entre comillas, ciertamente no lo iba a soportar por aquello de que no es menos el discípulo que el maestro, quienes se animan o se animaron a vivir la bienaventuranza y corren y corrieron la misma suerte.
El mundo a esas bondades que no son bondades flojonas ni bondades así flojitas, sino la agresividad de la bondad cuando se vive en serio, ciertamente hay que ponerla al costado, no se soporta. Y esa es la experiencia del martirio de nuestros Enrique, Gabriel, Carlos y Wenceslao. Y estos son estos vencidos, vencedores. Estos heridos, gloriosos. Estos que hoy día celebramos con ellos. Su testimonio ciertamente interpelante, gozoso e interpelante, porque de alguna manera nosotros también deberíamos vivir bajo la clave de la bienaventuranza.
Es propio de los grandes corazones, el descubrir la necesidad más urgente de su época y consagrarse a ella. Angeleli y sus compañeros tenían todas las características de esos hombres que Dios suscita para ser en cada época los enviados que testimonian la trascendencia de lo eterno y captan para orientarlas las angustias y las inquietudes de su generación. Un apóstol es el hombre que toma conciencia de su misión y se entrega a ella sin límite el que da la vida el que se juega la vida el que sabe que la vida vale en la medida del amor que lo alimenta y que lo inspira por eso hay también en el apóstol en Enrique y en los beatos los rasgos de un profeta
Mientras el mundo se apega a lo que pasa, a la fascinación de la vagatela, el apóstol clama la trascendencia de las cosas de Dios. Mientras recoge todas las angustias humanas de su época, por eso el apóstol no siempre es comprendido. Pero el apóstol es sobre todo el hombre del amor, el que se olvida de sí mismo para ofrecerse a los demás, El que cada dolor lo hace suyo y cada gemido humano encuentra un eco en su corazón. Su palabra y su testimonio es en el decir de San Alberto Hurtado y le calza muy bien al Beato Enrique es que su palabra y sus testimonios son un dardo agudo que se clava en las carnes dormidas de una sociedad indiferente al dolor de su pueblo como un vigía que rompe con su grito estridente el silencio cómplice. Angeleli supo escuchar y extendió la mano, propio de la sabiduría de quienes tienen bien conectada la cabeza con el corazón y las manos. Cabeza bien puesta, corazón amante, manos disponibles y eficientes. Angeleri y sus compañeros supieron encarnar los ideales de caridad solidaria en gestos concretos que responden a las urgencias de los necesitados. Supieron aterrizar los sueños y hacerlos pan, techo, trabajo supieron de sinodalidad de la iglesia enemiga del clericalismo en palabras del Beato Angelelli como fruto de la madurez de nuestros laicados y de la superación de actitudes paternalistas pedimos, decía, a nuestros laicos que piensen, que opinen, que participen, que aprendan, que intervengan, que se inquieten, que se angustien, que sean solidarios con todos, que fructifiquen todos juntos. Angelini supo de casa común, de una iglesia en la que todos tienen lugar, acompañaba al gremio de amas de casa en Córdoba acompañaba especialmente al gremio de los taxistas se acercaba al personaje y quizás a uno no se le ocurra acompañaba al gremio de los taxistas le gustaba ir a los circos, los visitaba la gente que llegaba a Córdoba con algún circo, él se iba a la tarde a tomar mate con la gente de los circos, que son figuras ciertamente periféricas que quizás sufridas. Ayudó a organizar a las empleadas domésticas, a los obreros, a los mineros. Tenía amistad con todos los pobres que vivían a la vera del río o en los lugares más recónditos.
Angelelli conoció profundamente a su pueblo. Nuestro pueblo, decía, es digno dentro de sus debilidades. Nuestro pueblo, decía él, es respetuoso, es seriamente creyente, silencioso y contemplativo. Nuestro pueblo es sufrido y es patriota, respeta sus instituciones y se los hiere cuando se los desconoce. Es la misión del obispo, decía él, y de toda la iglesia, cuidar para que las piedras vivas del cuerpo de Cristo sean respetadas y embellecidas. embellecidas. La piedra viva es cada hombre, cada hermano nuestro. Era un hombre sano, decían de él, abierto, limpio de corazón, sin complejos, claro y limpio en sus manifestaciones de afecto, austero, tenía muy pocas cosas, decían quienes lo conocieron. Era un hombre sencillo, humilde, era pura misericordia. Fíjense qué lindo piropo, ¿no? Que puedan decirle a alguien, este hombre, esta mujer, es pura misericordia, ¿no? Tenía todas las virtudes, misericordia, solidaridad, fuerza, constancia, veracidad, autenticidad de vivir lo que predicaba. Tenía una gran capacidad de perdonar y de no odiar. Decía uno muy cercano a él, lo vi llorar por el sufrimiento que le causaban sus pares y nunca daba nombres, por eso su opción no fue una opción neutral. Se puso del lado de los pequeños, de los campesinos desposeídos de los trabajadores explotados y de las familias que reclamaban justicia.
Su voz se convirtió en el único altavoz para aquellos a quienes el sistema de su época pretendía invisibilizar y silenciar. Todavía seguimos a veces por la misma esta opción por los pobres de estos hermanos nuestros mártires lejos de ser una postura ideológica era la consecuencia directa del encuentro de ellos con Jesucristo para ellos el rostro de Cristo estaba nítidamente dibujada en las facciones curtidas por el sol de los hacheros y de los minifundistas Angeleri sabía que anunciar la buena noticia implicaba denunciar las estructuras de pecado que oprimían a sus ovejas y fue precisamente esa fidelidad inquebrantable al mensaje de Jesús la que comenzó a incomodar a los poderosos atrayendo sobre él la calumnia, la persecución y finalmente a él y a sus compañeros el martirio.
La cruz siempre ha sido el horizonte de los profetas. Angelelli no buscó el peligro por heroísmo humano, sino por fidelidad pastoral. Sabía perfectamente que su vida corría peligro. Pocos días antes de su violenta muerte, tras los asesinatos de sus sacerdotes Carlos de Dios y Gabriel y del laico Wenceslao, él mismo expresó que ahora era su turno. Y sin embargo no huyó, no abandonó a su rebaño en medio de la tormenta. Como el buen pastor del que nos habla la Escritura, estuvo dispuesto a dar la vida por sus ovejas. Tenía conciencia muy clara de la realidad y de su realidad. Decía, no me voy a morir en la cama. Esto es como una espiral, van golpeando alrededor mío, pero al centro estoy yo, y cuando me busquen, yo voy a estar allí. No puedo abandonar el rebaño, aquí me quedo.
Queridos hermanos, celebrar la memoria del beato Enrique y sus compañeros, nos desafía a hacernos una pregunta quizás un poquito incómoda, ¿no? ¿Dónde tenemos puestos nuestros oídos hoy? En un mundo marcado por el individualismo, la indiferencia, la polarización, la Iglesia está llamada a actualizar el testimonio de este obispo mártir y sus compañeros. No podemos ser cristianos indiferentes ante el clamor de las nuevas periferias existenciales, en palabras de Francisco, de los nuevos desocupados, de los jóvenes atrapados en las adicciones o de las familias que no logran vivir con dignidad.
Estamos celebrando hasta aquí gozosamente a nuestra Argentina pero ese campeonato está gerenciado y está patrocinado por la apuesta del juego casi contradictorio de lo que significa el deporte y sale la propaganda con un cartelito que dice apostar es peligroso, no ayuda, y mientras tanto la propaganda, bueno estas contradicciones que a veces a veces nos vamos acostumbrando, digamos así, ¿no?
Estos hombres no se acostumbraron, a estos hombres no los charlaron. Tener un oído en el Evangelio nos exige volver constantemente a la frescura de la palabra de Dios y tener uno en el pueblo nos pide agudizar la escucha, salir de nuestras burbujas, de nuestras guaridas y aprender a discernir los signos de los tiempos a través del dolor y la esperanza de los más vulnerables. Y de los más vulnerados.
Angelelli nos invita a perder el miedo, a ir de frente, como él decía, sabiendo que el Señor camina con nosotros. Recordar su figura no es mirar el pasado con nostalgia, sino encender en nosotros el fuego de un compromiso cristiano que urge en nuestro tiempo. Angelelli nos enseñó que la fe no se vive al abrigo de los templos, sino en la intemperie, allí donde el pueblo sufre, sueña y lucha por su dignidad. Su vida nos invita a caminar con ellos. Siento que mi tierra dolorida y esperanzada peregrina conmigo en mi carne y en mi sangre. Veinticinco años vividos por esos caminos de Dios, con mañanas de Pascua y tardes de dolor. Mi vida fue como el camino, pegadito al arenal, para que la transite la gente pensando, hay que seguir andando no más. Mi vida es misterio hecho camino, ya han dado un buen trecho, Señor. Me llamaste para que fuera testigo, soy débil, soy pobre y con temor. Tú me dices, no temas, mi amor te ungió, no es tuyo lo que llevas. apura la marcha te basta mi palabra lo demás es ilusión y este sentido el camino tan presente en el corazón de Angelelli
En estos días desde el domingo pasado un grupo de peregrinos ha venido caminando desde Córdoba en esa experiencia de camino, en esa experiencia de cansancio y de gozo y de experimentar hondamente la hospitalidad de ustedes los riojanos porque al paso los atendieron, le dieron de comer, de beber, los animaron con estas palabras tan lindas. Hay que seguir andando nomás.
El lema que guió su ministerio episcopal resume con maestría su mística y su entrega, con un oído en el pueblo y otro en el evangelio. Esta frase que resuena como un mandato para todos nosotros define la doble fidelidad de un auténtico profeta. No se puede escuchar a Dios si se cierran los ojos ante el dolor del hermano. Y no se puede consolar verdaderamente al hermano si no nos nutrimos primero de la palabra viva del Señor. Queridos hermanos, queridos amigos, el recuerdo de Wenceslao, de Carlos, de Gabriel y del Obispo Enrique no es una simple memoria encapsulado. Es un desafío que hoy nos interpela a que miremos el camino de ellos, hombres que solamente miraron el Evangelio en clave de bienaventuranzas, hombres que recibieron el Evangelio y con libertad.
Así nos quiere hoy la patria. hombres y mujeres libres de prejuicios libres de componendas libres de ambiciones libres de ideologías hombres y mujeres embriagados de evangelio que el Beato Enrique Ageleli y sus compañeros intercedan por nuestra comunidad que nos concedan un corazón compasivo una mirada profética y unos pies dispuestos a gastarse por el reino de Dios. Que sepamos ser como ellos, constructores de paz, servidores de la verdad y testigos alegres de una esperanza que no dee frauda. Que así sea













