Fuente: Radio María
En una nueva edición, el ciclo Los Mártires Riojanos en la Pastoral Social puso en el centro de la reflexión el perdón, una de las dimensiones más exigentes del Evangelio y una actitud que marcó profundamente la vida y el testimonio de los beatos mártires riojanos. Para abordar esta temática participaron Monseñor Roberto Ferrari, Obispo auxiliar de Tucumán, y Monseñor Enrique Martínez, Obispo auxiliar de Santiago del Estero, quienes ofrecieron una mirada espiritual y pastoral sobre el camino de la reconciliación, iluminado por la experiencia de los cuatro mártires.
Como en cada encuentro, el programa contó con la conducción de la hermana Silvia Somaré ecj y la periodista Ana Laura Martínez, integrantes del área de comunicación de la Comisión Nacional de Pastoral Social.
Al comenzar la entrevista, Monseñor Roberto Ferrari explicó que el primer paso para perdonar consiste en reconocer que el rencor termina dañando a quien lo alimenta. “Lo primero de todo es reconocer que no perdonar o permitir que el rencor, el odio o la venganza crezcan, termina haciendo un daño para mí mismo”, expresó. A partir de esa certeza, señaló que el perdón es un proceso que comienza con una decisión interior y se sostiene con la gracia de Dios.
El obispo remarcó que el perdón no depende necesariamente de la reacción de quien cometió la ofensa. Por el contrario, implica un camino personal de sanación. “Con tu gracia, Jesús, perdono a esta persona, perdono esto que me hicieron”, propuso como una oración capaz de abrir el corazón a la reconciliación. Según explicó, ese proceso puede ser largo y doloroso, pero permite que las heridas cicatricen y que el odio deje de ocupar el centro de la vida.
Ferrari también reflexionó sobre las situaciones de violencia extrema que atraviesan muchas personas y reconoció que perdonar en esos casos resulta especialmente difícil. Sin embargo, recordó que el Evangelio invita a responder al mal con el bien, siguiendo el ejemplo de Cristo en la cruz. En ese sentido, afirmó: “La respuesta siempre es el bien, siempre será el bien”, subrayando que el perdón no justifica el mal cometido, sino que impide que el odio tenga la última palabra.
Finalmente, invitó a contemplar el perdón de Dios como la fuente de toda reconciliación humana. Para él, descubrirse amado por el Padre permite también amar y perdonar a los demás, aun en medio de las propias fragilidades.
En la segunda parte del programa, Monseñor Enrique Martínez compartió su experiencia personal junto a los mártires riojanos, a quienes conoció de cerca durante su juventud en La Rioja. Al recordar especialmente a Monseñor Enrique Angelelli, destacó que la raíz de su capacidad para perdonar estaba en su profunda vida espiritual. “Era un hombre de oración, fundamentalmente de oración”, aseguró, explicando que esa intimidad con Dios sostenía todas sus decisiones pastorales, incluso en los momentos de mayor persecución.
Martínez recordó que Angelelli eligió siempre el camino de la reconciliación, incluso con quienes lo atacaban, y que esa misma actitud se reflejó en los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, así como en Wenceslao Pedernera. Sobre este último destacó la autenticidad de una vida marcada por el servicio y la mansedumbre, que alcanzó su expresión más elocuente en sus últimas palabras: “Perdonen, no odien, yo ya los perdoné”.
Al ser consultado sobre cómo logró perdonar personalmente el asesinato de sus amigos y compañeros, el obispo respondió desde su propia experiencia espiritual: “Y rezando, rezando”. Explicó que la oración transforma lentamente el corazón, hasta reemplazar la bronca por la compasión hacia quien hizo el mal. Incluso recordó que, durante los juicios por los crímenes de la dictadura, experimentó la tentación de responder con violencia, pero comprendió que “la oración me hizo pensar que era más digno de lástima que de bronca”.
Como cierre, Martínez afirmó que el testimonio de los mártires continúa dando frutos en la Iglesia y en la sociedad. Su legado demuestra que el perdón no nace de la debilidad, sino de una profunda unión con Cristo, capaz de transformar el sufrimiento en esperanza y de vencer el mal con la fuerza del Evangelio.











