El panel moderado por Silvina Oranges reunió a Jorge Sola, secretario general de la CGT; Víctor Valle, presidente de ACDE; Ricardo Diab, presidente de CAME; y Mariana Ferrarelli, experta en inteligencia artificial, para reflexionar sobre los desafíos que plantea la transformación tecnológica al mundo del trabajo, la producción y la vida social.

La incorporación de la inteligencia artificial abre oportunidades, pero también plantea preguntas sobre el futuro del trabajo, la autonomía de las personas y la responsabilidad de quienes toman decisiones. En ese escenario, los participantes coincidieron en la necesidad de que el desarrollo tecnológico esté orientado al bien común y al cuidado de la dignidad humana.
La IA al servicio de las personas
Uno de los ejes de la conversación fue la necesidad de preservar la capacidad de las personas para decidir y ejercer su ciudadanía en un contexto en el que las tecnologías tienen cada vez mayor influencia.
Se planteó la importancia de reclamar que estas herramientas sean diseñadas para favorecer la solidaridad, la participación y la autonomía, incorporando el principio de subsidiariedad: la inteligencia artificial debe ayudar a las personas a ampliar sus capacidades, no reemplazar su capacidad de decidir.
En esta línea, también se destacó el valor de mantener espacios de pensamiento, diálogo y “fricción cognitiva”, frente al riesgo de que la comodidad tecnológica termine debilitando la capacidad de razonar y discernir.
Conflicto, diálogo y transición justa
El debate también abordó la necesidad de aprender a transitar los conflictos propios de una sociedad diversa. Se distinguió entre el conflicto, que puede ser canalizado mediante el diálogo y la búsqueda de acuerdos, y el enfrentamiento, que pretende eliminar al otro.
Esta perspectiva adquiere especial relevancia frente a las transformaciones que genera la IA en el mundo laboral. Se planteó como una responsabilidad del movimiento obrero impulsar una transición justa, acompañada por una gobernanza capaz de establecer límites al poder de las grandes corporaciones.
La discusión no propuso demonizar la tecnología, sino gobernarla con criterios humanos, garantizando que detrás de las decisiones relevantes exista responsabilidad y capacidad de discernimiento.
Empresas que generan trabajo y arraigo
Desde la mirada empresarial, se destacó que el compromiso con el bien común supone producir bienes y servicios dignos, generar empleo de calidad y cuidar a trabajadores, colaboradores y proveedores.
También se puso el foco en las condiciones necesarias para que las empresas puedan ser competitivas, especialmente en el interior del país. La estabilidad económica, la infraestructura y el acceso a la tecnología aparecen como factores decisivos para que las empresas puedan crecer y sostener puestos de trabajo.
En ese sentido, el desarrollo productivo tiene una dimensión que excede lo económico: cuando las empresas del interior prosperan, generan arraigo, crean oportunidades para los jóvenes y permiten que puedan proyectar su futuro sin verse obligados a emigrar.
Una transformación que necesita responsabilidad humana
El panel planteó, en definitiva, que el desafío de la inteligencia artificial no consiste solamente en incorporar nuevas herramientas, sino en decidir qué lugar queremos que ocupe la tecnología en nuestra sociedad.
Economía, producción y trabajo necesitan participar de esa conversación para construir una transición que combine innovación con dignidad, competitividad con inclusión y desarrollo tecnológico con responsabilidad.
La inteligencia artificial puede transformar profundamente el mundo del trabajo, pero el horizonte, coincidieron las distintas miradas, debe seguir siendo humano: que la tecnología esté al servicio de las personas y contribuya a una sociedad más participativa, justa y orientada al bien común.











