«SALVAGUARDAR LA HUMANIDAD Y TEJER LA FRATERNIDAD: EL PRINCIPIO DEL BIEN COMÚN EN EL CAMBIO DE ÉPOCA»
Mons. Dante Braida, Obispo de La Rioja
Domingo 6 de septiembre de 2026
SALUDO CON EL OÍDO EN EL EVANGELIO Y EN EL PUEBLO
Queridos hermanos y hermanas reunidos en esta Semana Social:
- Con atenta escucha nos congregamos en esta Semana Social 2026, en un espacio providencial de discernimiento comunitario.
Lo hacemos en un momento histórico desafiante: un verdadero cambio de época signado por la irrupción vertiginosa de las tecnologías digitales, la robótica y la inteligencia artificial, que están redefiniendo las bases de nuestra convivencia, de nuestro trabajo, de nuestras instituciones y de nuestra comunicación.
Ante este panorama de profundas mutaciones, que el Papa León XIV ha iluminado proféticamente en su reciente carta encíclica Magnifica Humanitas, nos convoca una pregunta de fondo:
- ¿Qué tipo de ciudad estamos construyendo en este siglo XXI?
- ¿Una nueva torre de Babel, cimentada sobre el orgullo, la autosuficiencia, el afán de lucro desmedido y una homogeneización tecnológica que elimina la diversidad y descarta a los más débiles?
- ¿O estamos dispuestos a arremangarnos, bajo el modelo del libro de Nehemías, para reconstruir juntos las murallas de una Jerusalén hospitalaria donde la corresponsabilidad compartida y el cuidado mutuo sanen los vínculos de la convivencia fraterna?
- Hoy nos convoca el principio del Bien Común, un pilar permanente e insustituible de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) que brota del encuentro de la Palabra de Dios con las vicisitudes históricas. Este principio no es una abstracción teórica; es la «forma social de la dignidad» humana. De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva la exigencia moral de que todo aspecto de la vida comunitaria, económica y política se ordene a la realización del bien común para encontrar su plenitud de sentido [61, 164].
- LOS BIENES QUE INTEGRAN EL BIEN COMÚN: DEL COMPENDIO A LAS NUEVAS FRONTERAS DE MAGNIFICA HUMANITAS
Para comprender la anchura y profundidad del bien común, debemos recordar que este no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Al ser de todos y de cada uno, es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo de cara al futuro. Consiste en ese «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» [1].
- ¿Cuáles son esos bienes concretos que integran este precioso patrimonio?
- Los bienes fundamentales según el Compendio de la DSI
El Compendio nos enseña que las exigencias del bien común están estrechamente vinculadas al respeto y a la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales[2]. Estos bienes indispensables se traducen en exigencias sociales y servicios esenciales de cada época:
- La alimentación: El derecho natural e inalienable a nutrirse adecuadamente, superando el dolor del hambre que margina a tantos hermanos. Fundamental al inicio de la vida. (1000 días)
- La vivienda: Un techo digno y seguro donde cobijarse, base indispensable para la seguridad, intimidad y el desarrollo de la vida familiar.
- El trabajo digno: El acceso a una ocupación digna, protegida y justamente remunerada que permita sostener a la familia, cultivar las capacidades y cooperar creativamente con el designio creador de Dios.
- La educación y el acceso a la cultura: Bienes fundamentales para la maduración de la inteligencia, el sentido ético y la libre realización de cada ser humano.
- La salud: La asistencia médica oportuna, especialmente de los enfermos y desamparados.
- El transporte: Servicios públicos que garanticen la movilidad integral de los ciudadanos.
- La libre circulación de las informaciones: El derecho a ser informado de manera honesta, permitiendo a las personas formar su propia opinión y participar con responsabilidad en las decisiones cívicas.
- La tutela de la libertad religiosa: El derecho fundamental de toda persona y comunidad a buscar a Dios y vivir según su propia conciencia libre de toda coacción externa.
- La salvaguardia del medio ambiente: El cuidado y preservación de los recursos de la naturaleza (suelo, agua, aire, biodiversidad), entendidos como un patrimonio y bien colectivo destinado por Dios para el uso común de toda la familia humana.
- La paz y el ordenamiento jurídico: Un orden social justo fundado sobre un sólido estado de derecho que prevenga los abusos de poder y armonice la vida social en la justicia, la verdad y la solidaridad.
- Los bienes que aporta la encíclica Magnifica HumanitasLa revolución tecnológica y digital que nos atraviesa no es moralmente neutra. El Papa León XIV nos advierte que el principio del destino universal de los bienes debe extenderse hoy para abarcar también los frutos del reciente progreso tecnológico, inmaterial y cognitivo. En este sentido, Magnifica Humanitasincorpora bienes indispensables a la fisonomía del bien común contemporáneo[3]:
- La verdad de los hechos como bien común relacional: En una era de plataformas digitales y sistemas de IA que aceleran la desinformación algorítmica y difuminan la línea entre lo real y lo ficticio, la búsqueda honesta de la verdad objetiva de los hechos es declarada un bien común indispensable para custodiar la confianza social, la democracia y el sano debate público.
- El acceso universal a las tecnologías y la formación digital: Dado que la riqueza y la participación se fundamentan cada vez más en el conocimiento y el saber tecnológico, el acceso equitativo a las redes, plataformas e infraestructuras digitales es una exigencia de la justicia para romper las barreras y evitar nuevos monopolios que excluyan a sectores enteros de la población.
- El cuidado del «ecosistema digital»: Al igual que el ambiente natural, el espacio de comunicación común debe ser protegido contra la explotación desmedida de nuestra atención, la monetización de las vulnerabilidades y la manipulación psicológica de los usuarios.
- La regulación y propiedad colectiva de los datos: Los datos producidos por las interacciones de millones de ciudadanos no pueden ser patrimonio exclusivo de unos pocos gigantes tecnológicos. Son fruto de la comunidad y deben ser gestionados creativamente como bienes colectivos y comunes en la lógica de compartir.
- La inalienable dignidad de la persona humana ante la automatización: El resguardo del juicio humano, de la compasión, de la misericordia y de la libertad interior frente a procesos algorítmicos opacos que pretenden clasificar a las personas según rendimientos o perfiles digitales.
- LA RELACIÓN ENTRE JUSTICIA SOCIAL Y BIEN COMÚN: RAÍZ ÉTICA Y HORIZONTE DE EQUIDAD
Para comprender a fondo el dinamismo social de nuestra fe, debemos profundizar en la íntima y recíproca relación que existe entre la justicia social y el bien común. Estos dos principios no corren por vías paralelas; son las dos caras de una misma exigencia ética que sostiene la arquitectura de una sociedad verdaderamente humana.
- La Justicia Social como condición estructural del Bien Común
La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña de forma constante que no es posible alcanzar un bien auténticamente común si no se respetan las normas de la justicia distributiva y social. Mientras el bien común es el horizonte de plenitud —ese conjunto de condiciones que permiten el florecimiento de todos—, la justicia social es el criterio estructurador y la herramienta indispensable para hacerlo real[4].
La justicia social, que representa un desarrollo de la justicia general, regula las relaciones colectivas según el criterio de la observancia de la ley moral y civil, abordando de manera directa la dimensión estructural de los problemas económicos y políticos. Pío XI ya nos advertía que la distribución de los bienes creados debe ajustarse a las normas de la justicia social para corregir la enorme y dramática distancia entre unos pocos cargados de grandes]riquezas y la multitud de necesitados. Por tanto, la justicia social es la que garantiza la equidad en el punto de partida y en el camino, asegurando que el bien común no degenere en un mero bienestar materialista para unos pocos privilegiados, desprovisto de su dimensión trascendente y de su razón de ser.
- La mirada desde los últimos y la conversión de las estructuras
En la era actual, la justicia social nos exige un cambio de perspectiva radical: comenzar la mirada desde los últimos. Para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús, quien se identificó con los pequeños, hambrientos y extranjeros. La justicia social se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político de permitir a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana[5].
Esta perspectiva nos ayuda a comprender que las grandes heridas de nuestra patria no son meros «accidentes de recorrido» o fruto únicamente de decisiones individuales equivocadas. La justicia social desenmascara la existencia de estructuras de pecado —CORRUPCIÓN – mecanismos socioeconómicos y culturales que producen desigualdad de forma casi automática — y exige un esfuerzo constante de conversión personal y social para transformarlas en estructuras de solidaridad. Además, la justicia social posee una dimensión reparadora indispensable: busca recomponer los lazos rotos e integrar activamente a quienes históricamente han sido excluidos y marginados[6].
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- La Justicia Social en la era de la Inteligencia Artificial
Esta relación entre justicia social y bien común adquiere una urgencia sin precedentes frente a la revolución tecnológica. Como nos enseña Magnifica Humanitas, la justicia social no es una reflexión que deba dejarse para un momento posterior, como si la economía debiera limitarse a producir riqueza y el Estado debiera intervenir únicamente al final para distribuirla. La justicia social afecta a todas las fases de la actividad económica —desde la obtención de recursos y la financiación hasta la producción y el consumo— y cada elección tecnológica o financiera tiene implicaciones morales ineludibles[7].
Un orden social justo en el siglo XXI exige que impidamos el surgimiento de nuevas formas de exclusión epistémica y digital. Esto significa garantizar un acceso igualitario a las oportunidades de la innovación, proteger a los más pequeños del descarte silencioso de los algoritmos opacos, y someter a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio de éxito no sea la optimización del beneficio privado, sino la inmensa dignidad de cada persona y el bien de los pueblos[8]. En definitiva, la justicia social es la vía por la cual el bien común se encarna en estructuras de equidad, asegurando que la proximidad fáctica se transforme en una verdadera fraternidad.
III. CÓMO CONSTRUIR PUENTES PARA CUIDAR Y PROMOVER EL BIEN COMÚN: LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR EN LA ERA DIGITAL
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Frente a un horizonte marcado por la fragmentación, la polarización estéril y la globalización de la indiferencia, los cristianos no podemos ser espectadores mudos o resignados. Estamos llamados a ser constructores de comunión y no arquitectos de Babel. Para tender puentes firmes en medio de las divisiones de nuestra sociedad, la Doctrina Social y Magnifica Humanitas nos proponen cuatro itinerarios pastorales concretos:
- Pasar de la interdependencia padecida a la solidaridad deseada y elegida
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Nuestra época está marcada por una conectividad sin precedentes; experimentamos una interdependencia global en tiempo real a través de las redes financieras y de comunicación. Sin embargo, esta red fáctica a menudo se sufre de forma asimétrica, como una carga impuesta que uniformiza las culturas y profundiza las dependencias. El gran puente consiste en transformar esta interdependencia fáctica en una solidaridad deseada, elegida y consciente. Esto requiere darnos cuenta de que la vida, el dolor y las heridas de nuestros hermanos nos pertenecen, superando la indiferencia y actuando con un profundo sentido de corresponsabilidad ética[9].
- Reconstruir desde la sinodalidad y la cultura del encuentro
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La edificación de una sociedad fraterna exige un trabajo paciente de diálogo honesto y construcción de consensos fundamentales que permitan configurar un proyecto compartido para todos. Frente a la grieta y la confrontación, debemos cultivar incansablemente la «cultura del encuentro»[10]. En la vida eclesial y social, esto se traduce en la práctica de la sinodalidad, que consiste en caminar juntos, escuchando con atención, valorando la vida asociativa y permitiendo que las decisiones se tomen de forma participativa, evitando las imposiciones opacas de las cúpulas de poder.
- Desarmar las palabras
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En este camino de tender puentes, nuestra primera y más urgente herramienta es el cuidado del lenguaje. El Papa León XIV nos exhorta con fuerza en Magnifica Humanitas: «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra». En un clima de agresiones mediáticas y polarización digital que destruye reputaciones, los cristianos debemos optar por un lenguaje evangélico: claro, veraz, libre de humillaciones o enfrentamientos estériles. Debemos elegir palabras que sanen, que abran caminos al diálogo y que denuncien con firmeza la injusticia sin destruir jamás la dignidad del hermano[11].
- Forjar alianzas amplias y compartidas
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Ninguna institución o persona puede salvarse sola de las tormentas de nuestro tiempo. Necesitamos forjar urgentes alianzas educativas y sociales entre la política, las instituciones educativas, las familias y las realidades del voluntariado. El cuidado de los niños y jóvenes, asediados por modelos de negocios digitales que monetizan su tiempo y atención, requiere un esfuerzo coordinado para educar en el pensamiento crítico, la higiene de la atención, la libertad interior y el uso responsable de la tecnología.
- ACTITUDES Y ACCIONES QUE NO FAVORECEN O DESTRUYEN EL BIEN COMÚN: LAS TORRES DE BABEL DE NUESTRO TIEMPO
El bien común es un bien arduo de alcanzar, ya que exige la capacidad de buscar el bien de los demás como si fuera el bien propio. Con dolor, debemos reconocer que existen actitudes y acciones recurrentes en nuestra sociedad argentina que debilitan, fragmentan y destruyen el bien común, configurando verdaderas estructuras de pecado que atentan contra la dignidad de las personas :
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- El individualismo egoísta y la cultura de la indiferencia
La mentalidad que reduce la existencia humana a la autorrealización material individual, desentendiéndose del sufrimiento del prójimo. Este individualismo se manifiesta cuando los ciudadanos o sectores sociales exigen con vehemencia la tutela de sus derechos individuales pero rechazan o eluden sus correlativos deberes sociales. Esta cerrazón individualista rompe los lazos de reciprocidad, dejando a los más vulnerables sumidos en la marginación y en el desamparo.
- El paradigma tecnocrático y la idolatría del lucro desmedido
La pretensión soberbia de edificar el progreso de la sociedad basándose exclusivamente en la optimización técnica, la eficiencia algorítmica y el dominio digital, excluyendo la dimensión moral y espiritual del ser humano. Esta actitud, que hemos llamado el «síndrome de Babel», se une estrechamente al afán de ganancia desmedida y a la sed de poder «a cualquier precio». La consecuencia es una economía deshumanizada que recurre a la especulación desregulada, a la usura que estrangula a las familias y a la concentración del saber tecnológico en manos de monopolios opacos.
- La mentira sistemática, la post-verdad y la polarización digital
El uso sin escrúpulos de las plataformas de comunicación y los sistemas de IA para difundir narrativas sesgadas, noticias falsas y discursos de odio en el espacio público. Esta desinformación planificada destruye la verdad de los hechos como bien común, socava los cimientos de la democracia y siembra la sospecha y la agresión en las relaciones sociales, inhabilitando el diálogo honesto y fragmentando a las comunidades en trincheras ideológicas irreconciliables.
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- La explotación laboral y las nuevas formas de esclavitud
Aquellas lógicas de producción y competitividad desalmadas que consideran al trabajador no como una persona, sino como un mero «costo de producción» o un engranaje reemplazable. En nuestro tiempo, esto se traduce en la precariedad extrema, la desocupación masiva —que priva al ser humano del derecho fundamental de aportar a la creación— y la explotación silenciosa e invisible de millones de personas que alimentan los sistemas algorítmicos, reproduciendo formas intolerables de trata y sometimiento.
- El desprecio de la fragilidad y el descarte de la vida humana
La corriente antropológica deshumanizante que absolutiza la eficiencia y considera el límite natural, la vejez, el dolor y la enfermedad como «errores» que deben eliminarse o superarse mediante el dominio técnico. Al negar el valor del límite, se debilita sutilmente la conciencia de la dignidad inviolable de toda vida, abriendo la puerta a la eutanasia, al descarte de las personas ancianas o con discapacidad, y al vilipendio del derecho a la vida de los niños por nacer.
- El falso realismo político y la resignación ante la violencia
Aquella actitud que califica la paz, el desarme y el diálogo como utopías ingenuas o irracionales, normalizando la guerra, el armamentismo tecnológico y la violencia como instrumentos aceptables para resolver los conflictos. Este cinismo político pisotea el derecho de los pueblos y reduce el drama de las víctimas y de los civiles inocentes a meras variables secundarias u «objetivas» de la geopolítica.
- RESPONSABILIDADES RESPECTO DEL BIEN COMÚN: UNA TAREA DIFERENCIADA Y COMPARTIDA
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la edificación del bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad, y ninguno puede sentirse exento de colaborar según sus capacidades. Sin embargo, para evitar caer en abstracciones, es necesario señalar las responsabilidades diferenciadas y complementarias de los diversos actores sociales:
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- De cada ciudadano: Conversión del corazón y participación consciente
Los auténticos cambios sociales solo son duraderos si están fundados sobre un cambio decidido de la conducta personal. Ninguna reforma de estructuras funcionará si no hay personas renovadas por la honradez, la justicia y la veracidad. A cada ciudadano le compete:
- Asumir una participación cívica activa y corresponsable en la vida pública y vecinal, cumpliendo con honestidad sus deberes de solidaridad.
- Saldar la profunda deuda social que tiene con la sociedad a través de la aportación cotidiana del propio trabajo, respetando las leyes justas y las normas de convivencia cívica.
- Adoptar estilos de vida sobrios y responsables, limitando el consumo excesivo y egocéntrico, incluidos los hábitos de consumo digital que aíslan y dañan la vida de relación física.
- De las familias: Célula vital y primera escuela de virtudes sociales
La familia es un bien social primario, la célula primera y vital de la sociedad, de carácter natural, que posee derechos originales que el Estado debe respetar y nunca absorber. La familia tiene la responsabilidad de:
- Ser el santuario de la vida, acogiéndola con generosidad, protegiéndola desde la concepción hasta la muerte natural, y ejerciendo una paternidad y paternidad responsable.
- Cumplir con su misión educativa inalcanzable, formando a los hijos en la plenitud de su dignidad y transmitiendo los valores morales, éticos y religiosos indispensables para ser ciudadanos libres, honestos y solidarios.
- Constituirse en sujeto de acción social y política, asociándose con otras familias para defender sus derechos ante el Estado y exigir políticas familiares eficaces que protejan su estabilidad económica e intimidad.
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- De las instituciones sociales y organizaciones intermedias: El pulmón de la sociedad civil
Las organizaciones de la sociedad civil —sindicatos, asociaciones profesionales, cooperativas, empresas y voluntariado— constituyen el tejido vital que impide que la persona sea aplastada por el centralismo del Estado o la lógica desalmada del libre mercado. Estas instituciones tienen la responsabilidad de:
- Las empresas: Buscar un justo beneficio económico pero entendiéndolo indisolublemente ligado a su función social, sirviendo al bien común a través de la producción de bienes útiles y actuando como comunidades de personas que valoran la dignidad del trabajador y protegen el medio ambiente.
- Los sindicatos: Defender incansablemente los justos derechos de los trabajadores, abriéndose creativamente a regular las nuevas condiciones de la era digital para evitar nuevas formas de precarización, explotación y descarte tecnológico.
- Las realidades del voluntariado y del tercer sector: Constituir espacios de gratuidad y cooperación fraterna donde se recomponga la ética pública del cuidado recíproco y la asistencia solícita a los más débiles y excluidos.
- De las instituciones del Estado: Garantía de cohesión y subsidiariedad
La edificación del bien común es la razón de ser misma de la autoridad y de las instituciones políticas. El Estado debe garantizar cohesión, unidad y una justa organización para que todos puedan progresar sin dejar a nadie atrás. El Estado tiene la grave responsabilidad de:
- Armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales, buscando el bien del país de manera prioritaria a favor de los sectores más débiles, desprotegidos e indefensos.
- Atenerse estrictamente al principio de subsidiaridad, respetando, asistiendo y promoviendo la legítima iniciativa de las familias y organizaciones intermedias, absteniéndose de intervenciones burocráticas centralizadas o paternalistas que anulen la responsabilidad de los ciudadanos.
- Sostener una finanza pública justa y eficiente a través de una recaudación fiscal racional inspirada en el deber de solidaridad, orientando los recursos con rigor e integridad al desarrollo, el empleo, el acceso a los bienes comunes y el fortalecimiento de las familias.
- Crear marcos jurídicos independientes y controles efectivos ante la velocidad tecnológica, garantizando que el uso de los datos personales, de los algoritmos y de la IA sirva a la dignidad humana y al bien de los pueblos.
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- De la Iglesia: Evangelización, ministerio profético y coherencia interior
La Iglesia no persigue fines de organización temporal ni propone modelos técnicos de economía o política; su fin es esencialmente de orden religioso y moral. Sin embargo, precisamente por esa misión que atañe a todo el hombre, la Iglesia no puede permanecer relegada al ámbito meramente privado e íntimo de las conciencias. La Iglesia tiene la sagrada responsabilidad de:
- Evangelizar la realidad social, infundiendo el fermento liberador del Evangelio en el mundo del trabajo, de la economía y de la política para edificar una ciudad del hombre a medida de Cristo.
- Ejercer el ministerio profético del anuncio y de la denuncia, proclamando el fundamento cristiano de los derechos humanos y alzando la voz con valentía ante las violaciones de la dignidad de las personas y de los pobres.
- Ser testigo creíble de comunión y de diálogo, promoviendo encuentros con otras religiones y con personas de buena voluntad para unir fuerzas ante los desafíos globales.
- Realizar un sincero examen de conciencia interior: El Papa León XIV nos recuerda con fuerza que la Doctrina Social interpela en primer lugar a la propia Iglesia. Debemos verificar constantemente que los principios que predicamos se vivan en nuestro interno a través de una verdadera sinodalidad, la transparencia en la administración de nuestros recursos en favor de los pobres, y el saneamiento profundo de nuestras relaciones, escuchando con justicia y misericordia a las víctimas de abusos de poder, de conciencia y de abusos sexuales.
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CONCLUSIÓN: LEVANTAR LO CAÍDO CON LA VALENTÍA DE LOS ARTESANOS DE LA PAZ
Queridos hermanos y hermanas: el proyecto de una «civilización del amor» en esta era digital no es una utopía ingenua, sino un reclamo exigente, sumamente realista y urgente que nos llama a ponernos en marcha hoy mismo.
No nos dejemos paralizar por el desánimo o el escepticismo de quienes contemplan con amargura las ruinas de nuestra sociedad. Miremos la figura inspiradora de Nehemías. Al escuchar el dolor de su Jerusalén herida, él no se quedó quejándose; lo llevó a la oración ante Dios, pidió ayuda, organizó al pueblo y, con una tenacidad incansable, reconstruyó las murallas ladrillo tras ladrillo.
Cada uno de nosotros, en los campos concretos donde nos toca vivir y actuar —en nuestros hogares, en el trabajo diario, en las aulas escolares, en los laboratorios de investigación, en los sindicatos, en las bancas legislativas y en nuestras comunidades parroquiales— estamos llamados a asumir nuestro tramo de muralla. Seamos piedras vivas de esta edificación solidaria.
¡Muchas gracias, bendiciones y mucha paz!
[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo de Justicia y Paz. CEA. 2005. N° 164
[2] Ibid. N° 166
[3] León XIV. Magnifica Humanitas. Oficina del Libro CEA. 2026. NN 59-64.
[4] Compendio. Ibid. N° 201b.
[5] Cf. León XIV. Ibid N°77.
[6] Cf. Ibid N° 79.
[7] Cf. Ibid N° 162.
[8] Cf. Ibid N° 80.
[9] Cf. Ibid. NN 43-44.
[10] Cf. Ibid N° 44
[11] CF. Ibid N° 214














