De la inviolabilidad de la propiedad privada a la función social de la propiedad
por Matías Oberlin
“El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad”
Francisco, Fratelli Tutti, 118.
En 1880, los restos de quien había encabezado la guerra de Independencia de la Corona Española fueron repatriados. Al General José de San Martín -fallecido tres décadas antes en el pueblo del norte atlántico francés Boulogne Sur Mer- se le asignó el mausoleo en el que aún permanece: la nave derecha de la Catedral Metropolitana en la ciudad de Buenos Aires. La geografía del país al que regresaron sus restos era absolutamente distinta de la región de la que partió en vida, sorteando las disputas internas de un pueblo que había logrado sacarse de encima la opresión colonial. En vida procuró que la unidad primara sobre el conflicto. Su cuerpo regresaba a un país con un Estado consolidado en el que un sector había logrado imponer su proyecto por sobre el del conjunto.
Como en una suerte de Aleph borgiano, ese pequeño espacio ubicado frente a la Plaza de Mayo hizo que durante tres lustros compartieran la cotidianeidad los restos de quien encabezó la emancipación de los pueblos sudamericanos y el ciudadano nacido en esta región del globo que ocupó el máximo cargo espiritual en occidente. El sacerdote jesuita Jorge Mario Bergoglio fue nombrado arzobispo de Buenos Aires ciento dieciocho años después de la repatriación de los restos de San Martín. Tras quince años, ese hombre sencillo que había transitado todos los días al lado de la tumba de San Martín, pasaría a ocupar el sillón de Pedro. La Catedral Metropolitana de Buenos Aires, por lo tanto, guarda un secreto como el encuentro de Guayaquil entre San Martín y Bolívar. Como la higuera bajo la que se encontraba Natanael en el evangelio según San Juan.
Bergoglio se sabía continuador de la causa de San Martín, sin ir más lejos, en el prólogo a un libro del uruguayo Guzmán Carraquiry -publicado varios años antes de ser elegido Papa- afirmaba:
«Ante todo, se trata de recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos con muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales»
Cuando la fumata blanca del 13 de marzo de 2013 anunció al mundo que por primera vez habría un Papa de los márgenes, Bergoglio eligió el nombre de -quizás- el santo más universal de la historia: Francisco. En esas nueve letras sintetizaba su causa, su proyecto. Francisco supo levantar la mirada del conjunto y señalar la hora de peligro. Probablemente pasará a la historia como el sabio de la Casa Común. Su mensaje fue claro y contundente al respecto.
Se me ocurre que, en esta suerte de ensayo -ese género maldito y tan nuestro-, que de ese encuentro silencioso entre San Martín y Bergoglio sirve para pensar la experiencia reciente de una herramienta que construimos. Se le suele atribuir a San Martín la frase que “cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”. Más allá de la autenticidad de la cita, hay algo de eso en lo que ocurrió en la experiencia de este pequeño grupo de personas. El Observatorio de Tierras es una experiencia novedosa, una herramienta híbrida, que surgió en el marco del Programa de Investigaciones sobre Historia Agraria de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Nació el 10 de diciembre de 2025. No venimos de la Iglesia -si bien en la trayectoria personal uno tiene un vínculo particular con ella- venimos del ámbito científico, académico. Pero considero que la experiencia del Observatorio -esta herramienta híbrida, atípica, novedosa- se puede leer a la luz de algunos criterios rectores de la Doctrina Social de la Iglesia y de los postulados de Francisco.
En la última encíclica, León XIV expone que la Doctrina Social de la Iglesia busca crear criterios de discernimiento, porque al fin y al cabo, esta tradición -inaugurada por León XIII con la Rerum Novarum– lo que busca es contribuir a un camino comunitario. León XIV plantea específicamente algunas pautas para recorrer ese camino. Particularmente dos de esos criterios resultan reveladores para comprender la experiencia del Observatorio: por un lado, el destino universal de los bienes y, por otro lado, el cuidado de la Casa Común. Esos dos elementos para tomar juicio, para actuar en determinado momento de la historia, son los que -sin proponérnoslo- estuvieron presentes a la hora de crear esta herramienta.
El día 9 de diciembre, un día antes de la creación del Observatorio, el gobierno nacional de Javier Milei anunció de una manera bastante cínica, a través de su vocero, que iban a modificar la Ley de Manejo del Fuego y al mismo tiempo iban a derogar la Ley de Tierras que fija un tope al fenómeno que denominamos extranjerización de tierras. Era el segundo intento, luego de que el primero había sido frenado por la justicia a partir del pedido de los ex combatientes de Malvinas del CECIM La Plata. La extranjerización de tierras consiste en un proceso a través del cual grandes grupos económicos, corporaciones o magnates se quedan con una porción importante de nuestro territorio y la controlan desde afuera. De alguna manera, la extranjerización de tierras es el perfecto opuesto del proyecto emancipatorio de San Martín. Si San Martín cruzó los Andes para liberarnos del yugo colonial y que las decisiones sobre este territorio se tomen dentro de él, la derogación de la ley de tierras buscaba poner el suelo argentino a disposición de grupos económicos que lo controlarían desde oficinas en otras regiones del globo. Es decir, era la perfecta némesis del proyecto sanmartiniano.
Como científicos, veníamos investigando sobre el acceso a la tierra en nuestro país desde hace varios años, preocupados fundamentalmente por dos cuestiones que estaban en el margen de nuestras investigaciones y que las atravesaban profundamente. Es decir, no eran temas los centrales de nuestras investigaciones, pero nos preocupaban sobremanera: la extranjerización de tierras, por un lado, y la concentración de tierras en nuestro país. Dos problemas que a veces se vinculan, a veces no, pero que traen aparejadas las mismas consecuencias en el territorio: desalojos, despojos, expulsión de poblaciones, modificación de los ecosistemas, aumento del costo de vida; al fin y al cabo, la imposibilidad material de que la gente pueda seguir viviendo en su territorio.
Frente a esas dos problemáticas, veníamos acumulando información, elaborando nuestras bases de datos. Un día después del anuncio del entonces jefe de gabinete entendimos que no podíamos guardarnos los datos para nosotros, que esa información tenía que estar a disposición de todo el pueblo argentino para dar el debate con información sólida. Concluimos que teníamos el deber de crear una herramienta que fuera lo suficientemente potente para que cualquier persona en cualquier lugar de nuestro país tuviera los elementos necesarios para el debate; que toda la sociedad argentina supiera de qué se estaba hablando cuando se discutía la eliminación de los límites a la extranjerización del suelo.
En ese momento creamos el Observatorio de Tierras, una página sencilla con una infografía hecha en un programa de dibujo muy simple, un mapa interactivo y un primer informe. Con el correr de las semanas y por la repercusión que tuvo fuimos mejorando la plataforma y la interfaz y sumando nuevos informes. Pero ya los datos eran bastante escandalosos: el 5% de la superficie continental estaba extranjerizado, es decir, más de 13 millones de hectáreas, que es el equivalente a la provincia de Santa Fe. Pero el problema, además, no estaba ni siquiera en ese promedio general —porque la ley fija un máximo de 15%—, sino a nivel local. Colocamos la información que teníamos en una lógica de semáforo: verde, las zonas que están por debajo del promedio nacional de extranjerización del 5%; en amarillo, las que están por encima del promedio nacional; y en rojo, las zonas que excedían el límite fijado por la ley. Que, vale la pena señalar, no quiere decir que sea culpa ni de este gobierno ni del anterior ni del inmediato anterior, sino que la ley del 2011 se promulga justamente para evitar que todo el mapa se pinte de rojo, para evitar que ese proceso siguiera avanzando. En el mapa y en el primer informe señalamos que hay 36 departamentos que están pintados en rojo, es decir que superan el 15% que fija la ley. Esos 36 departamentos están ubicados todos en zonas estratégicas de nuestro territorio nacional: en zonas ricas en agua, en hidrocarburos, en litio, en minerales críticos, en zonas fronterizas, en la cordillera de los Andes, en el límite con Chile, en el límite con Paraguay o con Brasil, y a lo largo de la principal cuenca fluvial de nuestro país, que es la mal llamada hidrovía del Paraná. Ya en el primer informe de diciembre de 2025 señalábamos en el título que la extranjerización de tierras implicaba un problema de soberanía nacional. Y esa línea de desarrollo es la que culminó el 6 de agosto con la movilización popular que frenó el proyecto del gobierno.
Ese proceso, desde que creamos el Observatorio hasta la movilización popular, puede ser leído a la luz de algunos criterios rectores de la doctrina social de los últimos años. Particularmente de la exhortación apostólica de Francisco, Evangelii Gaudium, donde él fija cuatro máximas. La primera es la idea de que el tiempo es superior al espacio. La experiencia del Observatorio se inscribe en esa máxima: todo lo fuimos trabajando con tiempo, no sabíamos cuándo íbamos a usar la información, solo sabíamos que era útil conocerla. Ni siquiera el mapa y la información que generamos circuló con los tiempos de la urbe. Cuando lanzamos la botella al mar fue recogida en primer lugar por medios comunitarios de cada uno de estos lugares pintados en rojo, los 36 departamentos que excedían el 15% de extranjerización. Tardó un tiempo en llegar a los medios centrales de Buenos Aires, pero cuando el gobierno nacional presentó el proyecto de ley en marzo bajo el título ficticio de “inviolabilidad de la propiedad privada”, ya había circulado en diversos lugares del territorio nacional en una temporalidad distinta a la urgencia gubernamental. El tiempo hizo posible que la periferia ocupara el centro. El tiempo es superior al espacio.
El segundo criterio que planteaba Francisco es que el todo es superior a la parte. Justamente eso es lo que tiene de ventaja el mapa que creamos: permite visualizar un problema -que se padece localmente- como parte de una totalidad, lo sistémico, el sentirse parte de una comunidad que sufre los mismas injusticias y enfrenta los mismos enemigos, por más que nos separen miles de kilómetros. Por eso, últimamente le agregamos otras capas; por ejemplo, una capa de conflictos rurales. ¿Por qué? Porque luego de la media sanción de la ley (una vez que sacaron el capítulo de tierras y manejo del fuego) crecieron la violencia y los desalojos en diversos puntos del país: en Neuquén, en Salta, en Jujuy. Parecían elementos desconectados; pero cuando uno los coloca en un mapa y recoge los datos con tiempo y desde abajo hacia arriba, lo que encuentra es que es algo sistémico. No es un problema aislado, no es una anomalía. Lo que hay es una disputa feroz por nuestro territorio, por nuestra casa común. El todo es superior a la parte.
El tercer elemento que proponía Francisco es que la unidad es superior al conflicto: el eje de la soberanía nacional, que planteamos en diciembre del año pasado, es el eje que terminó de catalizar con la movilización del 6 de agosto. La unidad, la unidad nacional, la unidad frente al enemigo común, que es este enemigo extractivista, destructor de nuestros territorios, que viene a quedarse con nuestro suelo expulsando a nuestros pobladores locales, a nuestras comunidades originarias. Una unidad como la que planteaba San Martín frente a la opresión colonial. El objetivo era poder señalar el problema, más allá de todas las diferencias que pudiéramos tener entre nosotros. La unidad es superior al conflicto.
Finalmente el cuarto criterio es el de que la realidad es superior a la idea. El debate público se ganó con datos reales, puestos a disposición de la sociedad, recogidos por organismos públicos, procesados por un grupo de académicos y que permitían visualizar la problemática local. Los argumentos del gobierno respecto -por ejemplo- a las inversiones cayeron frente al apabullante peso de la realidad concreta que en cada lugar se traduce como violencia y despojo. La realidad es superior a la idea.
El 6 de agosto marcó un punto de inflexión en términos de cómo la sociedad argentina salió a las calles a defender algo que en abstracto parecía algo muy lejano, pero que terminamos tomándolo como algo concreto y pudiendo construir esa unidad en la hora de peligro. En ese contexto, la visita del Papa debería ser una oportunidad para convertir en acción parte de esta Doctrina Social de la Iglesia, estos criterios de discernimiento comunitario de los que nos habla León XIV. Particularmente, frente a la idea de la “inviolabilidad de la propiedad privada” el discípulo de Francisco señala en su última encíclica, Magnifica Humanitas, que “existe un derecho a la propiedad que tiene su sentido y función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes». Y enfatiza:
Dado que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable, el derecho a la propiedad privada, su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica, sino como una doctrina cierta de la Iglesia, ya presente en las Sagradas Escrituras y en los Padres. Por eso, el Papa Francisco recordó que la solidaridad, vivida en profundidad, significa también ‘devolverle al pobre lo que le corresponde’ (M.H. 66)
Frente a la idea de la “inviolabilidad de la propiedad privada”, frente al carácter sagrado que pretende otorgársele, la Iglesia es clara: la función social de la propiedad no es una “opinión teológica” sino una “doctrina certera de la Iglesia”. La propiedad privada absoluta no es un criterio rector de la Iglesia. ¿Qué hacemos con Francisco, entonces? Quizás lo primero que debemos encarar como sociedad es un gran debate sobre la función social de la propiedad, que como decía Francisco “le devuelva al pobre lo que le corresponde”. Quizás ese era el diálogo en la nave derecha de la Catedral Metropolitana, y sus protagonistas están esperando, con la paciencia de quienes saben que el tiempo es superior al espacio, ese derrotero necesario.











