¿Somos lo que pensamos?
La ideología y la espiritualidad comparten, paradójicamente, un mismo territorio: el de las convicciones profundas y el sentido último. La diferencia no reside tanto en los contenidos como en la actitud interior. La ideología cierra; la espiritualidad abre. La ideología necesita certezas para construir identidad; la espiritualidad también ofrece identidad pero propone más preguntas que respuestas.
En un mundo confuso y acelerado transitamos caminos peligrosos y, en algunas ocasiones, sin darnos cuenta, terminamos en un lugar muy diferente de aquel al que nos dirigíamos. A veces, con las mejores intenciones, utilizamos palabras y gestos espirituales pero de manera imperceptible nos deslizamos hacia el terreno de la ideología y entonces quedamos atrapados en discusiones que no conducen a ningún sitio.
El Papa Francisco dice que “si un cristiano se convierte en discípulo de la ideología ha perdido la fe” y para ilustrar su afirmación ofrece una imagen sorprendente al decir “cuando la fe pasa por un alambique se convierte en ideología…” (Santa Marta 17/10/13), y explica que el alambique destila, filtra, purifica, pero también reduce. Lo que sale de allí es un extracto concentrado, rígido, sin la complejidad y la ternura de la vida.

Cuando la belleza y la riqueza del Evangelio se convierte en consignas; inmediatamente el otro deja de ser prójimo y es solo alguien a quien hay que convencer; la identidad religiosa se convierte en un valor absoluto que excluye al diferente. Casi sin darnos cuenta transformamos el mensaje de Jesús, que abre caminos y genera amistad, en unos esquemas rígidos que generan luchas y tensiones.
El Papa Francisco usa el ejemplo de Saulo como modelo del creyente ideologizado: “Para Saulo, la religión se había convertido en ideología, ideología religiosa, ideología social, ideología política”. Saulo no dudaba de su fe; al contrario, perseguía a los cristianos pensando servir la Ley del Señor. Saulo es el retrato de la buena conciencia ideológica: cuanta más certeza, más violencia; cuanta más convicción, menos apertura a la irrupción de Dios. “La conversión en el camino a Damasco no fue solo un cambio de bando, sino el descubrimiento de que Dios no cabe en ningún esquema ideológico ni de ningún tipo.” (Papa Francisco, 9 de octubre de 2019)
La fe abre a la trascendencia y sabe dialogar con las diversidades pero la ideología, que reduce y simplifica, ofrece un sistema de pensamiento que sirve como identidad a un grupo que persigue intereses, materiales, intelectuales, políticos, o de otro tipo. Además, y quizás más importante, al identificarnos con nuestras ideas cualquier cuestionamiento de esas ideas se vive como una amenaza existencial. Identificamos nuestra manera de pensar con la persona que somos y perdemos de vista que siempre somos más que nuestras ideas y teorías. En ese mismo momento olvidamos que el otro también es mucho más que sus ideas o sus convicciones. Cuando la identidad se funde con las creencias, la persona se convierte en guardiana de su propio sistema, defiende su manera de pensar de la misma manera que se defiende la propia vida.
Una de las grandes trampas de la ideología es que el deseo fundamental que la mueve es tener razón, ganar la discusión, sentirse del lado correcto. Este deseo se disfraza de virtud (”fidelidad a la verdad”, “defensa del bien”) pero en realidad se mueve desde el miedo a la pérdida de la propia identidad y la necesidad de control de las situaciones ¡y de las personas! La espiritualidad propone una búsqueda interior que va más allá del contenido de las creencias y llega hasta la motivación desde la que se sostienen. La pregunta no es solo “¿qué creo?” sino “¿por qué creo? ¿qué me mueve? ¿el miedo? ¿el amor? ¿la libertad? ¿la necesidad de una identidad?“
Quien está seguro de su identidad no necesita expresarla a cada momento. A veces da la impresión de que hablamos más para escucharnos que para que nos escuchen. En un mundo paralizado en su capacidad de reflexión por un tsunami de opinadores no parece un buen aporte opinar constantemente sobre todos los temas y exponer compulsivamente lo que pensamos ¿son muchos los que esperan escuchar nuestras ideas o somos nosotros quienes necesitamos expresarlas? ¿opinamos para convencer a los demás o para convencernos a nosotros mismos? Si opinamos sobre todos los temas ¿cómo no quedar atrapados en discusiones ideológicas que nos impiden pronunciar palabras espirituales que puedan aportar alguna luz entre tanta oscuridad?
Nuestros pensamientos y opiniones sobre la realidad se convierten en ideología cuando dejan de ser revisables y pasan a ocupar el lugar de verdades que no pueden ser cuestionadas sin que nosotros mismos experimentemos ese cuestionamiento como una amenaza. Pueden ser muchos los motivos por los cuales nos aferramos a determinadas ideas hasta el extremo de identificarlas con nosotros mismos. Es un tema largo y complejo. Si embargo, es suficiente una visión superficial de la psicología para saber que es muy habitual que detrás de una imposibilidad de cambiar de opinión, haya algo importante que no ha sido resuelto en la vida de quien defiende sus ideas de esa manera, o pretende imponerlas como incuestionables.
Cuando la propia manera de pensar se origina en una experiencia espiritual nunca se presenta como una verdad absoluta debido a que la experiencia espiritual es experiencia del Espíritu y, al mismo tiempo, de nuestra fragilidad. Ese contacto con los propios límites genera actitudes, tonos de voz, razonamientos, siempre respetuosos de quienes piensan o actúan de manera diferente. En la vida espiritual se encuentran algunas certezas y muchas preguntas, en las ideologías abundan las certezas y casi no hay sitio para las preguntas. Curiosamente en estos tiempos en los que millones de personas abandonan las ideologías y buscan sentido en nuevas formas de espiritualidad, muchas otras desde las religiones institucionales hacen el recorrido en sentido contrario: abandonan la espiritualidad para aferrarse a las ideologías.
Caemos en el alambique del que habla Francisco cuando nos definimos a nosotros mismos por nuestras ideas. En ese mismo momento empezamos a ver y juzgar a los demás por sus ideas y nos alejamos del Evangelio. Jesús nunca nos invitó a pensar de determinada manera, nos invitó y nos invita a amar, y a amar especialmente a quien es diferente.
La justicia y la paz que queremos construir son mucho más que conceptos a defender, son una manera de vivir, de hablar y, también, de disentir.











